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Las bodegas, los templos del vino, lugares mágicos,
sagrados. Si la historia cristiana sobre la creación del Universo fuese cierta, seguro
que el lugar escogido por Dios para crear al hombre, hubiese sido una bodega,
rodeada de hermosos viñedos. En las
bodegas es donde se produce esa maravillosa metamorfosis, que convertirá el fruto de la
vid en ese preciado liquido que llamamos vino, en ellas, en su silencio embriagador, el
hombre en perfecta armonía con la naturaleza aplicará sus conocimientos.
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Muchos de ellos
adquiridos de forma tradicional cedidos de padres a hijos, de generación en
generación, y otros, fruto de la observación y el estudio, para que el mosto
lentamente, sabiamente, se transforme, vaya convirtiendo sus azucares en alcohol,
adquiera su color y sus aromas, en una palabra adquiera sus características y
personalidad propia, para que después su propio creador, el hombre, incestuosamente, se
impregne del placer de disfrutarlo. En el
paisaje de muchos pueblos de nuestro país se pueden observar estas
catedrales del vino.
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