2º Certamen Literario APOLOYBACO


 

  

1er Premio de Narraciones Breves

 

LA PEREGRINA HISTORIA DEL SEÑOR JUANCHO Y OTROS OLVIDADOS

Antonio Luis Vera Velasco 

(Paradas-Sevilla)


     

Cuando no se puede ser lo que se debe,

 se es lo que se puede.

Henrik Ibsen.

 

            - Pues sí, amigo Perrate, no lo dudéis. Fueron, la partida de Los Berracos, los hombres más bragados y galanes de este pueblo de mis pecados -el viejo sacó un pañizuelo mugriento y se sonó su enorme nariz con estruendo. Después lo dobló de cualquier forma y se lo volvió a guardar en un bolsillo de la sotaneja que vestía-. Sí, amigo Perrate, el siglo decae y ya no quedan más que barbianes de plumón de alcoba; pollitos de corral que mucho cacarean, pero pocos espolones gastan... -terminó pronunciando con pesadumbre.

            El amigo Perrate, un anciano anguloso, moreno y tan encogido como su interlocutor, tomó un sorbo de su jarreta de vino, paladeándolo ruidosamente antes de responder chasqueando con su boca sumida:

            - Me parece que sois un poco desmedido en vuestro juicio, señor Juancho. Aunque no seré yo quien os discuta que los tiempos que corren sean en verdad afectos a la aventura, tened en cuenta que de ahí a afirmar tan rotundamente que no hay castizo bravío por estas tierras, que se arranque como toro zahíno frente a caballo bárceno y caracoleador, hay un trecho -pronunció con tono recriminatorio-. Nada más recapacitad, compadre Juancho, que no hace mucho Los Siete Niños de Écija  traían con el alma en vilo a todos los viandantes desde los olivares de Alcalá y cerrillos de Paradas hasta los roquedales de Sierra Morena, y que no había mayoral de diligencia al que no se le atragantase el ánimo divisando un chambergo ecijano sobre una jaca enjaezada. ¿Conocéis acaso algún lechuguino de escarpín acharolado y corbatín a lo gabacho que no notariase sus últimas voluntades y pusiese en orden su hacienda antes de cruzar por estos descampados de Dios y Sus Majestades? Vamos, que esto lo sabéis mejor que yo, compadre Juancho, que a Pablo de Aroca, el Ojitos, lo podrían malnombrar "Niño" en la Gaceta de la corte, pero lo cierto es que ningún dómine lo cristianó nunca como tal desde que lo destetaron. Y, aunque es verdad que usaba hebilla de abalorios y, si se encartaba, bailaba el bolero morisco con donaire de sultana, en cualquier figón donde rasguearan una guitarra, también es cierto que manejaba la navaja cortijera con premura de riachuelo y contundencia de cozazo de mula marchenera. Y esto no sólo lo digo yo, porque no hace más de un lustro de ello y anda por ahí su historia en los romances de ciego, que mismamente fuera la nombradía del Ojitos aquella del don Pelayo el de los moros.

            - ¡Bah! Veleidades de la Fama que, como diosa huera que es, es engañosa y mudable -exclamó malhumorado el señor Juancho-. Nunca hubo nadie manejando la faca como don Francisco de Huertas y Eslava. ¡Ese sí que era un verdadero artista de la contienda! Tanta filigrana hacía con un espadín de linajudo como con una chaira de zapatero, que ni siquiera Pablo de Reina, el de Estepa, se atrevía a igualarle y le llamaba de vuecencia, aunque el de Eslava no estuviese presente, porque, aunque Berraco fue el finado don Francisco, jamás hubo hombre mientras viviera que en su cara o a sus espaldas lo acusara de porcino. ¿Y qué me contáis de manejar los pistolones? ¡Allá donde el de Huertas ponía el ojo una bala llegaba! ¡En cambio, ni uno de Los Niños tuvo puntería! ¡Retacos y trabucos! ¡Mucho tirar a bulto y dejar que alguna posta desgraciase al contrincante por casualidad, eso es lo que hacían!

            El viejo se había ido exaltando por momentos, rebotando sus últimos comentarios como taponazos en las paredes de la venta, desierta a aquellas horas salvo por la presencia del mesonero, un par de carreteros que regresaban de vacío y un caballero de mediana edad, levita negra y aspecto cortesano, el cual, levantándose del taburete donde descansaba, se acercó a ellos.

            - Aunque sea una descortesía, les ruego que disimulen la impulsividad de mi gesto. Me llamo Antonio de Velasco, y soy mercader en telas y urdimbres bejaranas. Ya sé que no debería, pero no he podido menos que escuchar las frases que vuesa merced ha pronunciado, dado que la estancia es corta y no hay, en este mediodía de fuego, ruido alguno que las encubra -dijo dirigiéndose al señor Juancho-. No he podido menos que atender, ya lo digo, y han despertado en mí la curiosidad. Porque nunca, en todo el camino que vengo realizando desde mi terruño castellano, he oído opinión tan deslucida de tan famosos bandoleros como fuesen Los Niños y, por contra, tampoco palabra alguna de esos Berracos que tan ardorosamente defiende voacé y con tanto gasto de expresión -los viejos le miraron con cara de sorpresa, mientras el tal don Antonio continuaba con su discurso-. Si me lo permitieran, este ventero dispone de buenos caldos en su bodega y me gustaría, como la bonanza de la tarde se hace aguardar, convidarles a unas jarras para matar la espera de la vuelta a mi trayecto, a la vez que rogarles, si no tienen inconveniente de fuerza mayor, que me aclararan esas diferencias de honra perdularia entre tan esforzados facinerosos, siempre, claro, que no tomen como una impertinencia el que me introduzca en el coloquio...

            Al aroma del convite fue el compadre Perrate el que habló.

            - Siéntese si es de su agrado, señor don Antonio, porque, aunque labriegos e ignorantes somos, no por ello desconocemos que un buen vino es el mejor remedio para alegrar el espíritu de los hombres y favorecer el noble arte del diálogo.

            El comerciante en paños se aposentó a la mesa, e hizo una seña al posadero para que trajera las jarras ofertadas. Las colocó con presteza el dueño del ventorro y, tras brindar los tres por el buen entendimiento entre los convidados, fue el señor Juancho quien emprendió el palique:

            - Pues mire, don Antonio, que el motivo de esta amigable disputa viene al caso por la mudanza de la Gloria, que muchas veces deja huérfanos de su amor a sus hijos más dilectos.

            <<Como bien habréis supuesto, al contemplar mi sotana, yo soy sacristán de la iglesia de Santiago por mi ternura al santo, y zapatero remendón por mi manía al hambre, que nunca ha dado para mucho un bautizo o un entierro, incluso con su miserere cantado y todo, cuando se tienen diez bocas que alimentar. Mi nombre es Juan Márquez, pero todos me conocen como el señor Juancho y, aunque ahora me contempléis tan contrahecho por los años, no siempre tuve una figura tan poco garbosa y endeble. Mi amigo, aquí presente, se llama Lorenzo, y tiene por dignidades su honra de cristiano viejo, más de veinte fanegas de olivos, tantos hijos como yo y los apellidos que le dejaron sus mayores, que no es poca cosa por aquí llamarse Perrate y Ponce de León, aunque la rama sea de las torcidas -el viejo hizo una cortesía a su compañero y ambos al forastero-. Y ya hechas las presentaciones que se merece su abolengo, y que son de rigor en todo bien nacido que se precie de ser hombre de mundo y de luces, paso a confiarle las razones de mi enardecida defensa de Los Berracos esperando que no se me alargue demasiado el soliloquio, porque no es cuestión de estar girando alrededor de su curiosidad como pollino en noria de avaro, eternamente>>.

            Su compadre asintió filosóficamente, y el de Velasco se acomodó para escuchar. El señor Juancho prosiguió:

            - He de principiar mi historia manifestándole a voacé que, aunque recogieran miembros foráneos, ambas cuadrillas, la de Los Siete Niños y la de Los Berracos, se pueden considerar hijas legítimas de esta villa de Écija, porque sus jefes echaron sus dientes en esta ribera del río y porque nunca, en cuestiones de honra, se ha conocido que el prestigio del terruño de los acólitos se impusiera sobre la reputación de la patria chica del adalid. También he de referirle que a ambas partidas las traté yo, así que no le hablo de segundas o terceras oídas como muchos chiquilicuatros que andan por ahí, que aseguran ser testigos de primera mano cuando no son más que amasadores de rumores -el viejo tomó un buen trago de su vinillo, para no tardar en continuar con su arrugada voceja diciendo-:

            <<Reinaba nuestro señor don Carlos IV cuando, los injustamente olvidados Berracos, hacían de las suyas por todo el camino de Andalucía, y tendría yo dieciséis o diecisiete años. Yo era un mocito espigado y batallador, y mi padre, sacristán como mi abuelo, hacía poco que había muerto de unas calenturas mal cogidas en verano. En aquella época la sacristanura de mi padre pasó a mí sin sobresalto y, no lo dude, caballero, la recibí con mucho agrado, pues nunca se pudo decir de mí que no fuera devoto y pío u hombre que no se encontrara feliz entre clérigos y tonsuras. También, en aquel tiempo, estaban mis huesos por una moza pizpireta cuyo padre poseía más de tres y cuatro casas en el pueblo, y cuyos soberados se medían en quintales largos de trigo.

            <<Yo era un joven animoso, pero pobre. Con sólo dos manos, y una accesoria en donde curar zapatos vaquerizos y botillas de media caña, no tenía esperanza de que su familia me aceptara, que siempre fue cierto aquello de que nadie quiere borrico recorto para yegua cordobesa, de modo que una mañana, en la que los ardores de Cupido me consumían, decidí romper la vía del incienso y las tachuelas y buscar otra forma de alimentar mis afectos. Ya que mi espíritu nunca tuvo apetitos de ermitaño, y además era la única forma que veía de hacer fortuna rápida, opté por sumarme a una bandería. Y como las noticias que tenía eran que la cuadrilla de Los Berracos andaba por los alrededores de La Carlota, hacia allá me dirigí tras pedir prestada una burra a un primo mío, al que le conté una supuesta necesidad de resolver un trajín de la parroquia. Tuve suerte y el príncipe de la serranía me salió al paso en un recodo del camino, a la altura del monte Mochales, cuando llevaba no demasiadas leguas de recorrido. Entonces Los Berracos se me acercaron alegremente, un par de trabucos naranjeros salieron a relucir y, con toda gallardía, me solicitaron las alforjas.

            <<No dude, don Antonio, que el decaimiento de mi primer impulso fue parejo al asombro de don Francisco de Huertas y su mesnada, porque, tras indicarles que mi fortuna era un queso, algo de chorizo y una libra de pan blanco para matar el gusanillo, el que les hiciera partícipes de mi deseo de sumarme al distinguido grupo los dejó como a rústico ante requerimiento de letrado, con las bocas abiertas y asombradas. Luego todo fueron risas, chanzas, guasas e impertinencias por un rato, hasta que el de Huertas, al que yo le suplicaba con la mirada, cortó sin más dilaciones aquel cúmulo de chinchorrerías, ordenando a su gente callar y a mí que explicara el motivo de mi petición. Entonces lo hice como mejor pude y, recapacitando un poco el de Huertas, expresó, dado que mi deseo era aprender el negocio, pues que podía empezarlo al momento, ya que un asunto de amores era una muy buena razón para echarse al monte. Y así me sumé, sin más notarías. Él dio la orden de partir y yo les seguí en mi borrica. Luego todos nos escondimos detrás de la loma donde habían asentado su puesto de observación.

            <<¡Qué he de decirle de la gallardía del garañón blanco que montaba don Francisco, de su finura al hablar, del gracejo y poesía que tenía imponiéndose en una disputa diciendo: "¡U os calláis u os pego dos escopetazos que os fríe el huevo de los malos sentimientos!". ¡Todo es poco!>>.

            Hizo una pausa el señor Juancho y don Antonio la aprovechó para pedir una nueva ronda, ya que se les descubrían a las jarruelas los fondos. Luego éste terció:

            - Por lo que me relatáis, señor Juancho, parece que lo conocisteis muy bien.

            Al compadre Perrate se le escapó una risita, y el señor Juancho, mirando a su amigo con cierto reproche, respondió:

            - No tanto como hubiera querido, don Antonio. Sólo un día lo traté para mi tristeza, porque don Francisco era escamón. Y es que no digo yo que la prudencia no sea necesaria en la vida, pero en aquella ocasión su prevención sólo le sirvió para labrar su propio desconsuelo, para conseguir la felicidad de los escopeteros del Rey y para que yo abandonase mi oficio de asaltacaminos sin ni siquiera llegarlo a iniciar.

            <<Lo cierto es que después de una jornada en que nadie más recorrió aquella ruta, debido a que se nos echaron encima los malhumores del tiempo, todos nos recogimos al final de una cañada para pasar la noche. Gachas y torreznos compusieron mi cena y, como mozo de buen sueño, no tardé en quedarme dormido, porque no hay cosa que agote tanto en esa incierta manera de buscarse la hacienda, y se lo aseguro firmemente a vuesa merced, como acechar el paso de los viandantes. Pero, ¡en fin!, volviendo al negocio, sospecho, ya que de cierto no lo pude comprobar, que el de Huertas debió de temer por mis verdaderas intenciones y receló que pudiera ser un espía mandado en pos de sus pasos, así que, cuando a la mañana siguiente desperté, me encontré con que solamente contaba con la compañía de mi cabalgadura. Mi inocencia me hizo pensar que habían vuelto al camino, pues ya se sabe que los aldeanos que mercan acostumbran a tempranear, y que habían respetado mi cansancio por mor a mi poca edad y experiencia. Pero no tuve más remedio que convencerme de que me habían abandonado a mi suerte cuando, tras recorrer la senda un buen rato, se me dejaron divisar las primeras casas de La Carlota. Allí fue donde me enteré que los justicias de Su Majestad habían cazado a Los Berracos en pleno, al desplazarse estos por una vaguada. Pablo de Reina, el de Estepa, y el pobre de Huertas y Eslava, que, no sé si sabrá voacé, era sobrino de don Francisco Eslava y Conde, regidor perpetuo de la villa de Écija y primo de dos excelentes caballeros de la Orden de Calatrava, fueron trasladados a la cárcel de Sevilla, donde los condenaron sin apelación a los pocos días, en noviembre de 1.798, según creo bien rememorar -el viejo se quedó pensativo unos segundos, como si un águila volara sobre sus recuerdos-. Al pobre Pablo, como simple villano que era, lo condenaron a ser arrastrado, ahorcado y descuartizado, y al ilustre don Francisco, en lógica deferencia a su renombre y distinción, a pena de garrote. ¡Pero, ah, si vuesa merced hubiera estado presente! A don Francisco lo trasladaron al cadalso acicalado impecablemente con un rico fieltro negro, a lomos de una mula enlutada desde el rabo hasta las orejas. ¡Ah, mi buen don Antonio, si hubiera contemplado aquellos carmelitas descalzos a su vera, hasta el último momento deshechos en cordialidades y a don Francisco no recatando cortesías...! ¡Sí, no dudaría en afirmar vuesa merced que jamás hubo bandolero más admirable en todos los siglos de esta tierra! -acabó el vejete con entusiasmo.

            - Pues no sabría qué decirle, señor Juancho... Pero calibro, por lo que me narra, que tuvo en verdad suerte, porque, de haberse sumado a la cabalgada, lo mismo estaba a estas horas en féretro barato, agotando las misas con que le hubiesen obsequiado sus deudos -le atestiguó el de Velasco, no sin cierta ironía.

            - Yo, en cambio, lo veo a la recíproca, mi señor don Antonio. Si mi bizarro don Francisco no hubiese sido tan malicioso, probablemente los escopeteros del Rey no hubieran coincidido en su rumbo. E incluso lo mismo estaba yo a estas horas disfrutando de mis buenas rentas y tendría hasta berlina, en vez de seguir repiqueteando campanas de la mañana a la noche y de la noche a la mañana, porque, aunque es oficio de gran nobleza el de sacristán, que la honra del criado la da el amo y en este caso a ver quién es más alto que Dios, he de reconocer que mis brazos no están ya para tanto tarantán tarantán.

            - ¿Entonces, después de esto, no continuó buscando otra partida de gente aguerrida que le amparara? -le insistió don Antonio.

            - Tengo que confesarle que, a partir de aquello y durante una temporada, mi ánimo decayó. Tras contemplar el descalabro del pobre Pablo, al que convirtieron en salpicón, pensé que, aunque la profesión de asaltacaminos era de grandes ganancias y muy ligada a lo santo, porque no hay quien acabe sus días sin la amistad de un franciscano a poco que se les permita a los sirvientes de Su Majestad, en cambio se me atragantaba el tanto ir de aquí para allá y la fama que atrae su ejercicio, pues no hay alguacilillo que en viéndote no quiera saludarte, así que llegué a la conclusión de que era más de mi gusto, para igualmente servir al Señor, la quietud y el recato de la sacristía. Y de esta manera volví al pueblo y le dije adiós a mi pizpireta sin que ella lo notara, pues nunca antes le había hablado de amores y no tenía por qué entristecerla rompiendo el ennoviamiento.

            - ¡Cierto es, cierto es lo que cuenta mi buen compadre Juancho! -intervino el señor Perrate-, que a la moza no se le descubrió ni el más ligero mal color ni la más leve ojera de despechada en todos los años que viviera.

            - ¡Sí, señor, así fue! -reafirmó el señor Juancho, con toda seriedad-, que antes me llevara yo el secreto a la tumba que apenarla a ella de algún modo.

            - ¿Y Los Siete Niños, no dice que también los conoció? -volvió a preguntarle don Antonio.

            - Ahora voy a ello, que no piense que todo el fuego se quemó en aquella hoguera. A esa gavilla de pícaros y malandrines los conocí no hace demasiados años, y en parejas circunstancias a la primera, aunque con resultados muy distintos.

            <<El número de bocas era ya alto en la familia y la olla se nos estaba quedando pequeña, por lo que resolví volver a tirarme al monte amparado en la buena reputación que a esta cuadrilla le achacaban. Dejé a mi mujer llorosa junto a mis hijos, y a lomos de una mula torda, que su buen montón de reales de vellón me costó, me dirigí camino de Osuna, pues tenía noticias de que por allá rondaban últimamente. Llegué al pueblo sin tropiezos y, preguntando y teniendo los oídos abiertos, me enteré que acampaban por la Sierra de los Almadenes. Sepa, caballero, que no tuve necesidad de adentrarme en ella. A la altura de la Dehesa de Mesada me salieron al paso Pablo de Aroca el Ojitos, José Martínez el Portugués, y otros cuantos más a lomos de fuertes alazanes... ¡Maldita ralea de farsantes! ¡Ojalá Dios los tenga en su Purgatorio! -terminó exclamando el anciano con ardor.

            - Vaya, señor Juancho, por lo que decís, más parece que recordarais un enjambre de avispas furiosas que a unos insignes aventureros -intervino el de Velasco.

            - ¡Y no fuera para menos! -le replicó, aún con enojo-. ¡No hicieron más que avistarme y me encontré a pie, sin sotana, sin crucifijo, regalo de un arcediano de Sevilla y que era de plata -aclaró-, y sin los cuatro ochavos que llevaba y que eran toda mi fortuna! Y al decirles que no se equivocaran con mi persona, que era mi deseo el participar en sus galopadas, ¿sabe vuesa merced qué me contestó el Ojitos? Pues me dijo: "Mira, sacristán, por la edad que tienes sólo nos servirías para rezar un paternóster y poner a bien con Dios al que la mala suerte se le atraviese, y para eso ya tenemos al Fraile que, reconocerás, tiene un sillón más alto en la jerarquía que tú". Y a renglón seguido aquel truhán le ordenó al tal monje, Antonio de Legama se llamaba, que me largase un dóminus bobiscum para que la caminata de vuelta se me hiciera más suavecita. Luego los malditos, entre carcajadas, emprendieron un trotecillo corto hacia la serranía -el señor Juancho volvió a paladear el vinillo, antes de continuar diciendo-: Y es por esto, señor de Velasco, que, cuando me hablan de Los Niños, no puedo más que endiablarme, porque no me importa tanto las propiedades que me hurtaron, sino que fueran tan indignos y canallas como para recordarme, y a conciencia, mi lugar miserable en el escalafón.

            Y, con esto, calló el señor Juancho. Luego volvieron a pedir otra ronda al mesonero, para quitarle el enfurruñamiento al vejete y terminar de beberse amigablemente la tarde...

 


Inicio Jazz Vinos