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2º Certamen Literario APOLOYBACO |
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Premio de Poesía
La memoria habitada José Quesada Moreno Villanueva del Río y Minas (Sevilla) |
La
memoria habitada.
para Alba, que está aprendiendo a
escribir
Ella descubre el átomo primero
y virginal; el signo que habrá
de convertirse en movimiento y duda.
Con mano menuda lo perfila,
opaco aún y sin materia.
Cuando escriba memoria en
su cuaderno
¡habrá olvidado tantas cosas!
* * *
Sangre
de hulla y de tarteso.
Esa es la forma química. La original y sincera.
Lo demás es pura alquimia
sin hervor y sin crisoles,
algunos huesos que me mueven,
y un terco motor que los acciona.
Y esta parte de mí que no está en mí,
que yo llamo memoria.
* * *
Porque la soledad
es una luxación del alma,
a veces la memoria viene,
suavemente,
a destensarla.
Es la memoria un ligamento entonces.
Un cordón de aire.
Un rumor
que ha penetrado en el silencio
con precisión de flores.
Es una flor.
* * *
Lisboa
Hay una ciudad donde el tiempo oscila
en una tarde añil y sin espasmos
—pasa el Tajo, pesado, con su bruma azul
camino al mar— y esa ciudad se mece
en sí misma como una telaraña sin prisas,
y aunque hay memorias que la luz
ha ido calcificando, volviendo gris
como un pezón que ha amantado a cien edades,
me bastaría cerrar un ojo para verla,
tranquila y sedosa como una recién nacida.
* * *
Verano
del 80. Barrio de Santa Cruz
Recorrerás
mañana las piedras del olvido,
y
talarás la hiedra que ciñen sus paredes,
cegaras
el incesante goteo de su voz.
De
mí, sólo un vago perfume a juventud extinta,
a
carne ebria, a piel arrebatada, a polvo sin abismos,
como musgo sobre el musgo, quedará.
* * *
Belem
Fantasmal se recorta, como
bruma dentro de la bruma
—bruma líquida, recuerdo,
y el mar batiéndose contra
la arena— la Torre de Belem,
enhiesta y femenina.
Como una mujer que acecha
la vida y sus meandros.
* * *
Cuartos
de hotel
A veces, ruidoso como la melancolía,
revuelve en tus maletas,
se hace un hueco,
se acomoda.
Es el ángel de la guarda de un hotel;
el efímero guardián atónito y convulso
que ha sido detenido en la frontera.
* * *
La
Alfama
Acaso un poso de aguardiente amargo,
residuo de la almendra
—una amarguiña, Manuel, al cabo;
la luz que atraviesa una botella;
la uva que levemente se inflama…
Después, es verdad, no queda nada.
Es mucho más La Alfama, aunque es la luz,
la luz enmohecida y fragante,
la que en piedras alza tu memoria.
* * *
Bahía
de Samaná
Cuando la noche se dobla sobre sí,
y caen, uno a uno, sus ángeles efímeros,
la
madrugada posa su verde en las palmeras.
El día revienta y disemina su leve claridad.
Y leve, como un resplandor de súbita pereza,
es Samaná la pincelada primera del paraíso.
* * *
Budapest
(o el río de las guerras)
A veces ha sido un tuétano esquivo
y sinuoso sobre la piel de Europa.
Hoy es un tránsito monstruoso y sin meandros.
Blanco de júbilo y cansado.
Acaso me ciegue la distancia.
Y tanto libro ajeno en que he bebido
sus cíclicas humanas turbulencias.
* * *
La
quimera habitable
Cuando toda hermosura
se cifra en lo tangible,
sucede que se vienen abajo
las ciudades.
Es material efímero
el armazón que las sustenta.
Sin embargo, basta un olor,
—una polvera de aire—
para darles, por siempre,
un lugar en la memoria.
* * *
Playas
de Bolonia
…y aquellas piedras blancas
que buscábamos, tú y yo, igual a espejos
que retienen la tarde…
Miguel Florián
Que venga el mar
y su amalgama de espumas,
que se establezca en sus dominios,
sobre la mansa espera
del sílice molido,
que borre su trazo pendular
la anfibia muerte lenta
de este olvido salobre,
y que restaure la memoria
como república del piélago.
Entonces cobrará sentido
la tarde, la huella, la piedra,
y el precio de sentir la herida
blanda entre los dedos.
Y entonces cobrará sentido
la iridiscencia del ópalo,
la mansedumbre de la arena.
* * *
Pueblo
Blanco
Fermentaba la cal en sus volcanes de zinc,
y era un hervor de nieves
en el fragor rosado de los patios.
Y en espirales blancas, se diluía.
* * *
Primera
habitación
Para
Lucía
Había en el salón de casa
dos golondrinas huecas de porcelana,
un carillón sombrío y laminado,
y una foto amarilla que miraba
desde el fondo cerrado de otro siglo.
Había olores que apenas si recuerdo
—tabaco, lavanda y jabón—
aunque sí recuerdo con certeza
las manos silenciosas que los traían.
A la foto la disgregó este siglo,
al carrillón lo atomizó su propio eco
recóndito y oscuro, y las golondrinas
volaron a otros pastos con más luz.
Los olores, hija mía, están aquí,
asidos por esta mano que recordarás
—cuando me haya ido— lejana y silenciosa.
* * *
Viendo
llover en Macondo
Un velo de polvo de colores, como el velo de polvo
que deja una mariposa tras su muerte,
se ha posado, laxo y sinuoso, como una pluma…
Después he cerrado el libro, con sigilosa
parsimonia, y ha estallado en al aire un algo así
como un fragor de lluvias polvorientas.
* * *
La única patria posible es la memoria.
La única calle, la nostalgia.
La única ciudad, la que se vierte,
como el magma, en su propio fulgor.
A veces, yo, su único pasajero.
* * *
Áridos suenan
los suspiros de tu casa.
Cuando su aliento calcáreo te alcance,
ya tarde para saberlo sabrás,
que al fin es ella quien te habita.
* * *
Dedicatoria
Sobre la piel de noviembre
se urdieron, uno a uno,
estos renglones.
A la luz
de mi hija recién nacida.
A su luz duradera.
A su vida alegre, a su alegría,
lego, pues,
estos renglones que cierro
a fines de verano del año
dos mil siete.
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