
Manuel
Machado
Nació
en 1874 en Sevilla, hijo del folclorista más afamado de la época:
Antonio Machado y Álvarez, que firmaba como Demófilo sus
obras sobre las coplas y los cantares. Los problemas económicos que
sufrían obligaron a la familia, con sus seis
hijos, a trasladarse con el abuelo: don Antonio Machado y Núñez,
catedrático e -importante- casado con una rentista. De aquella renta se alimentaba
la familia los meses en los que el sueldo no llegaba a final de mes,
que eran casi todos, hasta que el abuelo consiguió la cátedra de la
Universidad de Madrid, en 1883. La familia marchó tras él y el
padre de Manuel consiguió un puesto algo extraño, pero que les vino
muy bien: catedrático de folclor. Allí, en Madrid, estudiaron los
tres hijos mayores.
De
los tres, Manuel fue el mejor estudiante, apasionado especialmente por
la literatura. Pronto publicaría, junto con su amigo Enrique Paradas,
un par de libros: Triste y alegres, en 1894, y Versos,
en 1895. Su carácter mujeriego y trasnochador le jugó una mala
pasada, y por un lío de faldas tuvo que volver a Sevilla. Entre 1895
y 1897, el poeta vive en Triana, con sus abuelos maternos; hecho que
marcaría su vida. Allí despiertan sus sentimientos más andaluces, se "sevillaniza",
se aficiona al cante flamenco, a los toros, a las procesiones, etc...,
pero también desarrolla la sensibilidad secreta de su pueblo, y
aprende a reconocer el dolor profundo y oculto bajo la sonrisa. Asiduo a las tertulias toreras del Bombita y otros toreros
en el Café de Silverio Franconetti, pasa largas horas viviendo su
pueblo.

Vuelve
a Madrid brevemente, y en 1899 viaja a París en compañía de su
hermano Antonio. París es, junto a Sevilla, la experiencia más
decisiva en la formación de Manuel Machado. Allí se produce la
fusión interior del poeta de sensibilidad andaluza con el
poeta de sensibilidad simbolista. Una vida llena de amigos, amigas,
coñac, noches parisienses y lecturas de los poetas franceses del siglo
que se está acabando, le alumbran su visión sobre la modernidad
estética.
Medio
gitano y medio parisién -dice el vulgo-,
con
Momtmartre y con la Macarena comulgo...
(Retrato)
En
1902 nace su obra Alma. Convertido
entonces ya en escritor, durante siete largos años anda de un lugar a
otro de España y del extranjero, especialmente en París, donde
conocerá a Rubén Darío y a Amado Nervo, entre otros
hispanoamericanos célebres. Estos años fueron de gran producción
literaria. Así publica Caprichos, La fiesta Nacional, Rojo
y Negro, Museo, Los Cantares -prologado por Unamuno-
y El mal poema.
En
1910 alcanza la cima, y al borde del precipicio personal debido
a los abusos, sienta la cabeza. Se casa con su prima Eulalia Cáceres,
que pone orden en su vida. Al año siguiente publicó Apolo, y
en 1912, Cante hondo, que tiene un gran éxito, llegando
-según cuentan- a vender el primer día mil ejemplares. Gana las
oposiciones a bibliotecario, y termina siendo el primer director del
Museo Municipal de Madrid. Ejerció de crítico en el periódico El
Liberal, y publicó Sevilla y otros poemas.

Con
su hermano Antonio formó pareja en la escritura de obras teatrales
desde 1926 a 1932, en obras como Julianillo Valcárcel, La
duquesa de Benamejí, Las adelfas o La Lola se va a los
puertos. Llegó la República y, aunque ambos hermanos la
recibieron con ilusión, Manuel pronto se desengañó y abandonó la
causa. La pareja literaria tenía los días contados; sólo
escribieron una obra teatral más: El hombre que murió en la
guerra de 1936.
Cuando
estalló la Guerra Civil, Manuel está en Burgos. Es detenido tras la
denuncia de una tal Danaras, y liberado posteriormente gracias a la
intervención de unos amigos del poeta. Se adhiere a la causa
Nacional, y en 1938 publica Horas de oro, además de entrar a
formar parte de la Academia de la Lengua Española. Manuel Machado se
convierte en el poeta oficial del nuevo régimen, lo que provoca la
crítica de sus discípulos más directos y el distanciamiento con su
hermano Antonio -ya en el exilio- que se agigantó hasta
prácticamente no saber nada uno del otro. Este hecho sucumbió con la
fama de Manuel, quien, obligado por el bando de los vencedores de la
guerra, tuvo que retractarse de su pasado afrancesado y liberal,
envuelto en un halo de confusión que ya no le abandonaría nunca. No
se consideraba un político, ni un poeta político; siempre defendió
el derecho del poeta a ser juzgado por su poesía y no por su credo
político.
Una
mañana de 1939, lee en el periódico que su hermano ha muerto. Al ir
a visitar su tumba, en Colliure, encuentra también la de su madre.
Manuel no volvió entonces a España hasta que no acabó la guerra. A
su vuelta publica Ópera Omnia y algunas antologías de sus
versos. En 1944 se jubila y muere en Madrid en el año 1947.
Un
poeta de poesía sencilla, entre Bécquer y Verlaine, entre Rubén y
soleá, amante de los versos cortos y el desplante estático, que da
gusto leer.

ADELFOS
Yo
soy como las gentes que a mi tierra vinieron
-soy
de la raza mora, vieja amiga del Sol-,
que
todo lo ganaron y todo lo perdieron.
Tengo
el alma de nardo del árabe español.
Mi
voluntad se ha muerto una noche de luna
en
que era muy hermoso no pensar ni querer...
Mi
ideal es tenderme, sin ilusión ninguna...
De
cuando en cuando, un beso y un nombre de mujer.
En
mi alma, hermana de la tarde, no hay contornos...;
y
la rosa simbólica de mi única pasión
es
una flor que nace en tierras ignoradas
y
que no tiene aroma, ni forma, ni color.
Besos,
¡pero no darlos!. Gloria..., ¡la que me deben!.
¡Que
todo como un aura se venga para mí!.
¡Que
las olas me traigan y las olas me lleven,
y
que jamás me obliguen el camino a elegir!.
¡Ambición!.
No la tengo. ¡Amor!. No lo he sentido.
No
ardí nunca en un fuego de fe ni gratitud.
Un
vago afán de arte tuve... Ya lo he perdido.
Ni
el vicio me seduce, ni adoro la virtud.
De
mi alta aristocracia, dudar jamás se pudo.
No
se ganan, se heredan, elegancia y blasón...
Pero
el lema de casa, el mote del escudo,
es
una nube vaga que eclipsa un vano sol.
Nada
os pido. ni os amo ni os odio. Con dejarme,
lo
que hago por vosotros, hacer podéis por mi...
¡Que
la vida se tome la pena de matarme,
ya
que yo no me tomo la pena de vivir!...
Mi
voluntad se ha muerto una noche de luna
en
que era muy hermoso no pensar ni querer...
De
cuando en cuando un beso, sin ilusión ninguna.
¡El
beso generoso que no he de devolver!.
Manuel
Machado