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1er Certamen Literario APOLOYBACO |
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1er Premio de Narraciones Breves
La Boda Eva Barro García (Madrid) |
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Brígida permanecía sentada, procurando la quietud que el peluquero le suplicaba. Más difícil había sido el trabajo de la maquilladora que se enfrentó a aquel rostro de piel roturada por la excesiva espera de cuarenta años, alterada por los nervios propios de la ocasión y por una noche inquieta de duermevela. - Señora, por favor, un momento. Nada más que un momentito, así... ¡Vaya por Dios! ¡Otra vez! - Pero si no me he movido... ¡Será mema esta niña! ¿Qué es eso de señora? De sobra sabe que me faltan aún dos horas para poder serlo. Pero claro, aunque me tiña las canas, soy un almacén de arrugas y ella lo ve mejor que nadie, que nada menos que intenta disimularlas. Tiene el poco tacto característico de su edad. Seamos realistas, hace muchos años que han empezado a decir de mí “una señora” cuando todavía esperaba oír “una chica”. - ¡Ya está bien! No quiero parecer una máscara. Aunque me gusta la idea, parece un buen comienzo de la noticia en prensa: “En la representación de ayer, la protagonista lucía una máscara imitación a piel decorada en azules, rosados y negro... que se agrietó cuando a la portadora le acometió el violento ataque de risa... Todos la llevamos, la máscara, más rígida o mejor adaptada, pero todos atesoramos las mentiras imprescindibles para hacer tolerable la frialdad de la vida, lo que ocurre es que si se la fabrica uno mismo es fácil asumirla y hay hasta quién se la cree y lo malo es cuando te la imponen desde fuera, cuando la sociedad, las circunstancias te la colocan, entonces no es fácil permanecerle fiel, entonces es cuando aparece el peligro del ridículo.” - Ya casi está, señora, sólo falta difuminar un poco las sombras. - Señora, han llegado los de Robert`s - anunció la asistenta asomando el pico de la nariz por la puerta y dejando que su voz nasal recorriese, incorpórea, el dormitorio de la novia. - ¡Qué buen gusto! – terció la muchacha de los pinceles. Los mejores de la provincia, no lo dude. Lo que yo no sabía era que acudían a domicilio. - Todo progresa. Lo cobran, no creas... ¿Será tonta de nacimiento o es la ingenuidad de los pocos años? No se imagina cuán persuasivo puede llegar a ser un cheque. Ojalá llegue a averiguarlo, no parece mala chica. Yo tuve que esperar a los sesenta para probar el placer de usar el talonario y comprobar el grado de mercachiflería de muchos, como el gran Roberto, peluquero, empresario, semidios y calvo. -
Verá Doña Brígida, es que no es la costumbre de la
casa. Las novias vienen unas dos horas antes de la ceremonia y las
recibimos aunque sea domingo, ya ve. Pero nunca nos desplazamos. -
¡Bah! Haréis una excepción. En mi piso también hay
agua corriente y un enchufe, vosotros ponéis los peines,
el secador y las manos. -
No puedo prometérselo, de verdad. Se lo diré a mi
jefe pero... -
No hijo, no. Yo, yo se lo diré. Ve llamándole anda,
dile que necesita hablar conmigo urgentemente.
Y le llamó, sí, pero tuvo la picardía de cambiarme la frase y le
espetó que yo tenía muchísimo interés en hablar con él, que era muy
urgente y tal se lo presentó que el gran rey del peine se personó en
el salón y me escoltó a su despacho. ¡Quién lo iba a decir, que
dispusiera de tal lujo aquel principiante que montó el primer sillón
en un cuchitril de la calle Pozos y gracias a que no sé quién le avaló
el crédito en el banco! Pero sí, no sólo trabaja bien, que lo hace,
sino que tuvo el acierto de instalar una peluquería en la que las señoras
podían criticar libremente a sus maridos y contar con el beneplácito
de otro hombre, que aunque abusase sospechosamente del “divina”,
vestía pantalones. Y eso no podían ofrecerlo las peluqueras de
entonces. Y también tuvo la suerte de que ningún otro le puso la
competencia hasta que ya su imperio social estuvo bien afianzado. -
Usted dirá, señora. A su disposición. -
¡Cuánto tiempo, Roberto! Desde que te limitas a
dirigir y a prestarle un trozo de nombre al negocio, ni se te ve el
pelo... ¡Uy, perdona, no era mi intención!
Efectivamente, aludí con premeditación aquella idea, que después
resultó acertadísima porque el público es influenciable, cursi y
rentable, de cambiar la última “o” de su nombre por un pedante
genitivo sajón, pero juro solemnemente que no pretendía recordarle su
prematura alopecia. Él le quitó importancia porque ya hace tiempo que
asimiló eso del que el cliente, si paga, nunca ofende, y yo llevo
catorce años abonándole el doble de lo que me cobraría la peluquerita
de los bajos de mi edificio, únicamente
porque entre mis defectos se encuentran la fidelidad perruna y la
inercia. -
¡Genio y figura...! ¡Está usted divina, Brígida! ¿Cómo
es eso de que se casa? -
Que todo llega, ya ves. -
¿Y esto? Me explicará... -
Esto es un talón de banco, por cierto, con garantía
de fondo, que va a tu nombre y firmado. Esto otro es una tarjeta con mi
dirección, para que no te
pierdas, que por detrás pone el día
y la hora. Ponle tú la cifra. -
¡Brígida! ¡Me abruma usted! -
¡Bah, bah! Con las tablas que tú tienes... Por cierto
¿Cómo está Yoyo? Y se sonrojó, porque en el fondo, de cosmopolita sólo tiene el rótulo del salón, y se avergüenza de que su pareja se afeite. No tuvo valor para rechazar mi oferta y además no se atrevió a rellenar el importe con más de cinco cifras, lo que le rebajó en mi estima tanto que después de hoy no voy a volver a su casa. De ser elegante debería haberlo hecho gratis, y de hacerse valer, me habría presentado un presupuesto regio, y en ningún caso aceptar aquel cheque en el que fijó su raquítico precio. ¡Qué le vamos a hacer! No tiene clase. Y para colmo me llamó esa misma noche para imponerme un silencio que sabe no voy a cumplir. - Está usted divina, querida. - Podría ser de otra manera, después de tres horas que lleváis acicalándome... - Será usted la novia más guapa d... - De ésta boda, majo, de ésta boda. No te excedas con los cumplidos que la exageración puede llegar a ofender. - ¡Por Dios! ¡ Cómo es usted! No, si lo que yo digo, que genio y figura... Pero aceptará que le ha quedado divino... - Si lo has hecho tú, hijo, a ver que otro adjetivo se le puede aplicar. La asistenta volvió a abrir la puerta y esta vez además del gancho de loro dejó que sus ojos camaleónicos penetraran en la estancia y mientras efectuaban una grabación en cinemascope de la aderezada cabeza de su señora con el firme propósito de retransmisión posterior, anunció: - Señora, los modistos. Traen una caja tan enorme que parece que venga un cristiano en ella. - ¿Es que los moros y los judíos son todos bajitos o qué? Pásalos, mujer. Oye Roberto, no te vayas, que después les ayudas a colocarme el tocado sin que derrumben el recogido. - Respire tranquila, querida, no tenía ninguna intención de abandonarla ahora. Como intenten chafarle los ricitos de aquí...
Claro que no tenía intención. Ni a palos le echo yo sin que vea el
traje. Porque ese amasijo de trapos ha producido más especulaciones que
la bolsa de Tokio. El atuendo nupcial de Dª Brígida González Villar, profesora titular de la Universidad y dueña de la mejor y más famosa academia de la provincia fue el secreto más codiciado de la ciudad desde la noticia de la boda. Llegó a saberse quién lo confeccionaba y aunque algunos picardiaban que el filtro constituía una cortina de humo, desde que empezó a circular el rumor de que Diseñadores Eloy Cortés andaba en el juego, hasta a las limpiadoras de los talleres del afamado modisto les salían amigas y aún pretendientes. Eloy, que se hacía llamar Don Eloy hasta de sus más allegados, demostró más elegancia que el peluquero. Estuvo a punto de ofenderse ante la mención de una gratificación económica y aceptó el encargo como de favor a la novia y a la distinguidísima casa del novio, sin más que la astronómica factura, de diseño tan complejo como el vestido y la garantía de la mejor publicidad que pudiera haber soñado. Supo además mantener la discreción más absoluta porque la sorpresa del día de la boda constituía una baza tan suya como de Brígida: su nombre circularía en todas las aristocráticas bocas de la capital más que el de la novia y los encargos, tanto nobles como plebeyos, que a la hora de pagar todos los dineros valen, se le multiplicarían. Ya se imaginaba el fatuo modisto que los ecos alcanzarían el mismo Madrid. Exclusivamente tres personas tuvieron acceso al traje: una costurera experimentada, veterana en la casa, su hombre de confianza en la sección de corte y él mismo. Los tres trabajaron en el diseño y en el proceso de hechura de tan importantes ropas y tan hábiles con las manos, tan cerrada la boca. Las pruebas se realizaban en un piso que el modisto poseía a las afueras, para dudosos usos, según las malas lenguas , y aunque todos hablaban, llegó el día del evento sin que ninguna certeza hubiese calado. Entraron los porteadores del descomunal paquete seguidos de los tres artífices cargados con otras pequeñas bolsas y cajitas. La maquilladora y los peluqueros se miraban nerviosos, pegados a las cortinas para no hacer bulto; la criada mantenía la orden de esperar fuera solamente con el cuerpo porque la cabeza, desplegando todas las antenas posibles, se resistía a perderse la primicia. D. Eloy saludó con estudiada afectación y con la misma reserva le fue devuelto el saludo. Le molestaba la presencia de los tres intrusos, sobre todo la de Roberto de quien se murmuraba le había levantado algún que otro novio. - Señora... todo preparado. ¡Uy! Habrá que retocarle esos labios, Brígida, porque ese rougé no va nada con el tono exclusivo de las sedas... - Faltan los últimos detalles, por supuesto – se defendió pronta la estilista. - Me parece a mí que la delicadeza sugiere que nos salgamos ¿no opinan ustedes igual? – sugirió incisivamente el modisto a los caballeros- . La oficiala será suficiente para vestir a la novia. - Claro, volvió a apresurarse la muchacha de los pinceles. Ahora nos toca a las mujeres, después les avisamos para los retoques ¿no le parece, señora? - Seguramente, aunque no creo que ninguno de ellos fuera a desmayarse. Y Brígida no especificó las múltiples razones que hacían innecesario aquel casto retiro, pero le agradó verse libre de tanto moscón. Al cerrar la puerta tras de ellos, la pobre asistenta que se quedó con las ganas, mascullaba como jaculatorias aquello de que “otros vendrán y de tu sitio te echarán” y cosas por el estilo. La gran caja estaba preparada para abrirse como un armario y de su interior surgió un maniquí con las medidas de la destinataria aunque descabezado, portando el suntuoso atavío, de exquisito corte recto por delante, con una gran cola que parecía surgir del chal que apenas cubría los hombros y que se deslizaba graciosamente sobre la espalda en delicados pliegues. El escote, de perfecto asiento, lució mucho más sobre Brígida que sobre la sosa muñeca, sobre todo cuando se vio aderezado con el collar y el broche que a propósito se encargaran. Los pendientes a juego, rivalizaban con el trabajo del peluquero, quién tuvo que esmerarse para que lucieran ambos sin que se viera afectada la colocación del tocado, un casquetito ribeteado de ondas y rematado con un velo de finísimos hilos y luz gruesa que en cada nudo lucía un brillante abalorio. El color de los labios terminó por adecuarse al modelo y los zapatos forrados con las mismas telas que el vestido y adornados con las mismas ondas y perlas completaron la estampa. El terciopelo, el raso, las sedas, las joyas y los afeites, magistralmente combinados, se contemplaron en los espejos que forraba las puertas del armario. Brígida se observó sonriente. Tal y como se lo había imaginado, parecía sacada de una revista de cine, pero no de las actuales películas zarrapastrosas, sino de aquellas saturadas de lujo de entonces. Lástima del talle ensanchado, de las manos surcadas por tantas primaveras oscuras, de los inmisericordes pliegues del cuello que se insolentaban con la tersa piel maquillada de las mejillas sobre las que las patas de gallo no admitían más que un ligero disimulo. Los zapatos, a pesar de estar encargados a medida, le oprimían los pies, además no estaba acostumbrada a llevar tanto tacón. - Señora, que están los fot.... – y la palabra se heló en la abultada boca de la asistenta al perder la posibilidad de cerrarla al tiempo que los párpados también se le declaraban en huelga. Por suerte, la respiración, aunque agitada, se le mantuvo. - Claro, los fotógrafos. Que pasen. No espera, antes hay que recoger todo esto ¿no creéis? – y los seis “decoradores” se apresuraron a esconder hasta el último vestigio de su trabajo. El pasillo se inundó de cajas, maletines, bolsas y perplejidad. También eran tres los reporteros. El fotógrafo, el técnico del video y el ayudante que corría de uno a otro como una mula de carga con todos los equipos disponibles. Al abrirse totalmente la puerta del cuarto, la asistenta empezaba a recobrarse, uno de los recién llegados no pudo contener una interjección, a caballo entre el asombro divertido y la grosería al ver a la novia que se contemplaba en el espejo. En el vestíbulo, peluqueros, maquilladora y modistos, unidos en un frente común se intercambiaban pareceres sobre la incipiente baronesa mientras ella se dejaba inmortalizar en instantáneas y fotogramas haciendo acopio de paciencia. Brígida se dirigió al salón, avanzando erguida, con la griega nariz apuntando a las lámparas de cristal, precedida de la asistenta, las dos muy conscientes de su misión que ambas cumplieron religiosamente: una debía abrir de par en par las puertas de cristales biselados y la otra dejar a D. Práxedes estupefacto, boquiabierto, ojiplático y jorobado, aunque lo último no fue consecuencia de la sorpresa sino de los años que pesaban sobre su columna y su nariz, proceso al que la barbilla, en rebeldía manifiesta se oponía tenazmente amenazando a juntarse con la punta del apéndice nasal en un desafío inverosímil a la fuerza de la gravedad. Mediaba entre ambos, mentón afilado y nariz, el paladar postizo que de momento apuntalaba el rostro e impedía la antiestética unión. El asombro del conde de Rebollales, tío del novio, padrino de boda, hermano de la difunta Dª Eleusis, baronesa que fue de Monflor, no provenía de la pureza de líneas del gran traje de novia de la que iba a ser su sobrina, ni del perfume sabiamente elegido que embriagaba la casa, ni de la fantástica sonrisa que lucía la talludita novia. Lo que le empezaba a producir tembleque era el color. Brígida lucía como un refulgente rubí, toda ella era una roja llamarada que apenas se aliviaba con el albor de sus hombros semidesnudos y cuando avanzó a recoger el ramo de níveas flores, con su enguantado, rojo y sedoso brazo, las rosas estuvieron a punto de marchitarse, como expuestas a un exceso de calor. Fue un espejismo, aguantaron el tipo y cumplieron su cometido de destacar aún más la apariencia carmesí muy poco convencional de la novia. - Vámonos, señor notario, no sea el coche se escape igual que el tiempo y nos dejen a pata... Y es que D. Práxedes era muchas cosas, entre ellas notario retirado, gazmoño de carácter y conservador a ultranza, a quién Brígida gustaba de provocar con expresiones premeditadamente ordinarias como pretender que sus vetustos y artríticos pies pudiesen denominarse patas y además dependientes de la voluntad de un misérrimo chófer. - Es... e... esto... es ... no es... pero...¡si vas colorada! – le salió por fin al desconcertado carcamal. - ¿Ah, sí? ¿Me he puesto colorada? Pues no me había dado cuenta, será cosa del calor. Y agarrándole de un brazo, le obligó a girar media vuelta, y como a un pelele, lo condujo al ascensor. En el descansillo, le soltó dejándole a merced del bastón que a pesar de la empuñadura de plata y de la nobleza de la madera a duras penas le evitó un mal paso, y resuelta preguntó: - ¡A ver! Unas tijeras ¿Nadie tiene unas tijeras? No seáis papanatas, no llevo ningún hilo suelto, ni nada parecido, pero las necesito. ¡Unas tijeras, por favor! Y cumplido su deseo con creces, pues aparecieron varias de peluquería y dos de modista, se dirigió al cajetín del teléfono, cortó el cable, le dio las gracias a alguien a quien devolvió la herramienta y le dijo a la asistenta: - Es para que no me suban las conferencias más que la ceremonia ¿sabes? Te dejo la semana libre para que corras por ahí y te explayes. Pero no inventes demasiado ¿de acuerdo? Ya sabes, lo normal. Justo en ese momento llegó el ascensor y nadie se vio obligado a emitir ni una opinión ni una réplica. Las vecinas se arremolinaban en las ventanas y aún las más atrevidas remoloneaban en torno al mercedes que, profusamente adornado, permanecía aparcado frente al portal, sin sospechar que tras los cristales ahumados no se sentaba conductor alguno. Ya llegaba la novia a la explanada de la catedral cuando se empezaron a dar cuenta de que se había ido en otro vehículo, seguramente más discreto, y seguramente desde el garaje. Cinco minutos antes de la hora, es decir, bastante antes de lo que se la esperaba, pues aunque la ceremonia estaba fijada para las doce en punto la tradición obligaba a la novia a hacerse esperar, su coche llegó al recinto y suave y discretamente aparcó en un lateral de la plaza de la gran catedral gótica tan estudiada en las aulas y tan viajera en tarjetas postales como símbolo de la ciudad. - Leo, no te muevas, ya sabes. Déjame echar un ojo a todo esto. Bloquea los seguros de las puertas, no sea que a esta antigüedad tan elegante se le ocurra aguarme la fiesta. - ¡Brígida! ¡Te has vuelto loca! – chillaba con vocecilla de gaviota el anciano y noble notario. ¡Leo, le ordeno que me saque usted de aquí! - Ya, ya, abuelo... sin impacientarse ¿eh? Que hoy se obedece a la reina de la fiesta. Brígida observó. A medida que paseaba sus ojos, sin ser vista, por el hormiguero multicolor que pululaba expectante y ansioso de que por fin diera comienzo el rito, su estado de ánimo cambiaba a la deriva de los recuerdos, que siendo muchos y nítidos, agitaban su cabeza con velocidad vertiginosa produciendole un furioso oleaje emocional. Llevaba una temporada anclada en una posición de orgullosa venganza, de triunfo tardío pero sonado sobre tanta miseria moral disfrazada por los mejores modistos, había paladeado por adelantado aquel momento y la emoción de imaginarse la estupefacción en la cara de aquella aristocrática e hipocritona canalla cuando su roja figura avanzara por la alfombra también roja hacia el altar le había producido satisfacción. Por fin iba a ser la baronesa de Monflor mal que le pesara a muchos. Dialogaba para sí misma sin emitir sonido alguno, entre la calma contratada del conductor a quien le había explicado bien sus intenciones y la impaciencia desconcertada de D. Práxedes, quién había accedido a ser el padrino obligado por las conveniencias sociales. -
¡Uy! Los Carreras Antúnez, en primera fila, faltaría
más. ¡Qué barbaridad, Etelvina lleva una tarta horrenda en la cabeza,
modelo realeza inglesa! ¡Y la vieja cacatúa de su tía con pamela...!
¡Qué facha! Parece que se ha colocado el frutero y que su peso la
encorva. Menuda bruja está hecha, con o sin frutero. Igual que una película veloz volvió a su mente la imagen de la difunta baronesa sentada ante un velador y una tacita de café, acompañada de aquella pájara huesuda que asistía ahora a su boda sin dejar de darle gusto a la malintencionada lengua. Volvió a sentir los ojos de las dos clavados en ella, la mirada de reprobadora complicidad que se intercambiaron para volver a repudiarla altivamente en nombre de una dignidad ofendida que Brígida no podía comprender y que la molestó bastante. Serafín era uno más de los compañeros de estudios. Procuraba pegarse a ella en los seminarios de prácticas para asegurarse la presentación de una memoria trabajada y meritoria que le garantizase una buena nota, porque Brígida era una estudiante concienzuda, que no sólo disponía de un arraigado hábito de trabajo sino que disfrutaba aprendiendo y estudiando. Serafín sobrevivió a algunas asignaturas a la sombra de Brígida pero en los exámenes importantes, ella salía airosa y él riendo cínicamente el fracaso. Ella terminó la carrera, preparó y consiguió un doctorado, unas oposiciones, una cátedra en la que dio ejemplo a compañeros y alumnos de lo que ha de ser la vocación universitaria e investigadora... Él abandonó los estudios para dedicarse a las labores propias de su posición, a saber: gastarse dinero en equipos de pesca, caza o cualquier otro deporte de buen tono para fingir su práctica, mantenerse al día de todos los cotilleos de la alta y pueblerina sociedad, asistir a eventos de importancia suma como conciertos benéficos, cenas, cócteles y estrenos y correrse una juerguecilla de vez en cuando en compañía de sus amigos calaveras. Aquella mañana de primavera de hace cuatro lustros se levantaba, sin que Brígida lo supiera, el período de luto oficial por el abuelo en casa de Serafín. Comenzaba el más breve, los seis meses de alivio, que permitía la sustitución del negro en el vestir femenino por otros colores más discretos pero todavía con fama de condolientes: el gris, el morado, el violeta, un toquecito de blanco... El alivio suponía reanudar la asistencia a la ópera, al teatro, a alguna fiesta discreta, y en ese marco, se le permitió al señorito, futuro barón y único varón de la casa, organizar un guateque. Y a él se le ocurrió invitar a Brígida, de pasada, sin más importancia que la que pudiera tener aquella reunión de jovenzuelos obligados a mantener la música decorosamente baja y no bailar con demasiada fruición en memoria de aquel abuelo que sin conocerle les estropeaba la diversión. Del resto de invitados se ocupaba la baronesa viuda, sobre todo de la elección de las jóvenes invitadas. Brígida se puso su mejor traje, el vestidito rojo de crepé con su chaquetilla a juego para cuando refrescase la noche, y se presentó en la casona con pretensiones de palacio. Conocía de referencias a la familia de Serafín, pero nunca se imaginó que la realidad superase con creces la ficción del inigualable D. Alfonso Usía. Cuando se publicaron, muchos años después, las andanzas del marqués de Sotoancho y su mamá, la marquesa viuda, Brígida pensó en escribirle al autor y preguntarle si realmente había conocido a Dª Eleusis, pero la falta de tiempo y el temor a incomodar al gran periodista con nimiedades le impidió hacerlo: Brígida siempre respetó mucho el trabajo, sobre todo el trabajo creativo. La baronesa y su amiga, fingían tomar café en el saloncito que comunicaba el recibidor con el salón en donde se desarrollaría la reunión juvenil, con el doble fin de comprobar quienes asistían y cómo se comportaban, pues dos de las nobilísimas y principales obligaciones de las señoras eran el despelleje del prójimo y de los vástagos del prójimo y velar por la conducta de moral intachable de la desbocada juventud, entendiendo como prójimo a aquellas familias que se mantenían a su altura, evidentemente, porque el resto de la gente era simplemente eso: gente, si estaban de buen talante o populacho si algún disgustillo les agriaba el momento del comentario, en cualquier caso, nadie a tener en cuenta. Y una de esas “nadies” va y se les cuela pasillo adelante, y con la desfachatez de presentarse “de color” ... ¡y de qué color! ¡y al comienzo del alivio! ¡Tal provocación era intolerable! ¿Con qué clase de... gente se codeaba Serafinito? Eso pasaba por pudrirse en un poblachón provinciano, porque mucho alarde de capital pero todavía no contaba con universidades privadas y no era cosa de enviar al niño por esos mundos de Dios a perderse, total, para hacer como que cursaba cualquier carrera. Para título le bastaba el que le legaría su herencia y medios de vida no le iban a faltar. Lo que era incomprensible era que “el niño” se rodeara de aquello, que no se le había educado para dar disgustos a al familia. Y Serafinito, que atravesaba a sus veintitrés años el período de rebeldía adolescente con un poco de retraso vio en el discurso de su madre la ocasión propicia para reafirmar su precaria personalidad y se enamoró de Brígida. Además la chica era guapa, estaba a punto de licenciarse y ya había conseguido una plaza de profesora ayudante para el curso próximo, era el ojo derecho del catedrático jefe de departamento y todo el mundo decía que tenía futuro. Al contrario que su madre, Serafín valoraba los títulos académicos tanto o más que los de sangre, porque sabía lo que costaba conseguirlos, de hecho él no llegó a obtener ninguno, y no le erizaba el pelo la idea de trabajar, es decir, de codearse con aquellos que trabajaban. Brígida entró al trapo. El chico tenía muy buena planta, algunas lo mencionaban con los ojos en blanco y un “guapííííssssimo” suspirado que incluía también, como no, el ser quién era y el tener una generosa cuenta personal exclusivamente para minucias, que la cuantía de la herencia era sólida roca que acompañaría al título cuando la señora baronesa faltara. Era guapo y apasionado, se mostraba ferviente enamorado de su novia, era divertido y no necesitaba controlar gastos. A esto se unía la romántica situación de oposición de la familia altiva ante el origen humilde de la chica y la joven cabezonería insumisa de ambos. Y la necesidad. Él necesitaba desesperadamente cariño sólido y sinceridad y encontró en Brígida un amor sensato que le mantenía a flote. Ella necesitaba aliviar sus durísimas jornadas de trabajo con una ilusión, nunca habría soñado con los caros caprichos que Serafín le prodigaba y además, aquella sensación de triunfo sobre la situación estrecha en que su pobre madre la sacó adelante la alimentaba. Era consciente de que despertaba envidias entre sus iguales y odios en los círculos de la baronesa, pero se sentía segura de sus fuerzas, avanzaba en su carrera y se apoyaba en su chico maravilloso, un poco infantil, sí, pero... nadie es perfecto.
Nadie es perfecto, eso lo sabe cualquiera. Decía Juan Mairena que Nadie
es la personificación de la Nada, luego todo es imperfecto. ¡Qué razón
tenía! Ni siquiera este momento tan deseado que aún parece ficción. Y
es que Nunca, es la Nada aplicada al tiempo, y llegué a creer que nunca
llegaría a verme aquí, como hoy,
como ahora. Ya se evapora
el temor a ese nunca lejano, ya se disipa la nada para consolidarse mi
realidad acariciada. Dejaré de llamarme Nadie, de hecho la curiosidad
que he despertado me otorga ya un lugar, un reconocimiento.
El tiempo... el primer sustento de la existencia... ha jugado en
mi contra... se ha dilatado demasiado hasta hacerme creer que nunca
alcanzaría mi sueño, mi propósito... pero ha llegado, he vencido al
tiempo, he superado al Nunca que es la negación de la vida, al Silencio
que es el aspecto sonoro de la Nada, y ahí voy, a romper aquella
impenetrable oscuridad en la que creyeron ahogarme. ¡Ay, D.
Antonio! ¡Si estuviera usted aquí...! ¿Me aconsejaría? Yo le diría
que mi vida podría titularse “Esperando a Serafín” y que ahora que
parece que la espera se termina, en vez de satisfacción siento miedo.
Me diría usted, venerado profesor, por boca de su Juan de Mairena, que
vivir es devorar tiempo y yo sé que he devorado mucho aguardando y
esperar supone siempre angustia. Me mantenía la esperanza, que es el
consuelo a la pena de derrochar paciencia. Pues bien maestro, ahora que
parece hacerse realidad mi meta, debería trocar la esperanza en gozo...
pero ya no me regocija la venganza sobre ese atajo de falsas apariencias
que se pasean por el pórtico atisbando mi llegada.
He tejido mi tiempo tenazmente con hilos invisibles como trama y con
otros de sacrificio como urdimbre y así mi vida es ahora un adefesio
distorsionado: muchos logros profesionales y un vacío afectivo
aterrador. ¿Para qué va a servir esta tela más que para bordarle hoy
el motivo que perseguí incansable? ¿Tomarán consistencia de repente
todas la hebras ocultas es ese raro tapiz? De repente me parece
insignificante el gesto del vestido rojo, aunque servirá para impedir
los dardos envenenados que todas esas víboras tendrían preparado para
el posible vestido blanco. Siento que se me escapa el buen humor y eso
sería malo, muy malo. D. Antonio, no lo permita usted.
¡Ay del noble peregrino
que se para a meditar,
después de largo camino
en el horror de llegar! Brígida invocaba a D. Antonio Machado al que desde su juventud había convertido en uno de sus consejeros. El poeta, a su vez, en muchas ocasiones la había sacado de apuros con sus versos y sus sentencias, pero en aquel instante no lo notaba a su lado, a pesar de que recordaba sus versos, sus palabras “ Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya” .Quizás estuviera ya colocado al lado del altar mayor, esperándola, para no perderse ni ápice de la ceremonia. Los impertinentes zapatos le hacían daño. La señorita Antúnez se paseaba inquieta levantándose el ala de la pamela para observar mejor los alrededores.
Esa vieja no merece el respeto a sus canas. ¿Quién instituyó
eso de la venerabilidad de los ancianos? Sin duda los habrá, pero no
será esta arpía que dedicó su vida a lamerle los zapatos a la
baronesa para obtener el reflejo de alcurnia que alimentaba su miserable
orgullo. Existencia servil
la que arrastró, pisoteando a cualquiera con tal de agradar a la otra y
presumir de su importante amistad. Y después, en su funeral, hace
exactamente los dos años y medio reglamentarios, aireó los oscuros
secretos de su fallecida y aristocrática compañera de hipocresías con
la mayor impudicia mientras repartía tarjetas de visita con el fin de
conseguir con quién merendar en lo sucesivo a cambio de suculentas
confidencias sobre la muerta.
Y este matusalén que rebulle a mi lado... Con uno cualquiera de los
muchos chanchullos que encubrió le habría bastado para obtener plaza
vitalicia en un pijama a rayas. Y sin embargo podría empapelar su mansión
con billetes y aún le quedaría una corte de aduladores. ¡Qué asco de
viejos! ¿Es que nadie se da cuenta de que las malas personas también
envejecen y ni el pelo blanco ni la dentadura postiza les alivian la
mala condición? ¡Qué risa, respetables viejecitos que no han visto al
respeto ni en fotografía! ¡Honorables octogenarios de espalda curvada
por una vida cuajada de delitos! No sois más que viejos indecentes,
podridos de molicie y maldad.
Mala gente que camina
y va apestando la
tierra...
¡Ay, maestro! ¡Qué pobre venganza la mía, avanzar entre ellos
con un vestido rojo! Un coche suntuoso se acercaba despacio por la calle perpendicular a la suya, giró majestuoso y se colocó frente al pórtico, en uno de los lugares reservados para los vehículos nupciales. Se abrió la portezuela trasera y apareció el novio. Simultáneamente se creó un rumor que fue extendiéndose, intensificándose y al tiempo que parloteaban, los invitados miraban y convertían a Serafín en un acerico.
Pena de chaqué, entonces sí te habría sentado bien, como al apuesto
príncipe de un cuento. ¡Vaya, tampoco sonríes! Y es que en cuarenta años
da tiempo a agriarse el carácter, a pasar de niño irresponsable y
encantador a pachucho fondón aburrido
de todo. Ya no tienes a mamá, ya eres barón y es como si se te
permitiera por fin ejercer de adulto cuando
de varón te queda la próstata. ¡Bah!
Demasiado tiempo que fue marchitando la ilusión de la juventud,
la seguridad de la madurez. Hasta el armario donde has guardado siempre
tus cosas, en mi casa, se ve cansado. Nos hemos creído felices algún día,
después cómodos a pesar de vivir medio a escondidas aunque hasta los
gatos supieran que era más fácil encontrarte en mi casa que al lado de
mamá baronesa. Ya no me ofende aquella retahíla que te soltaba y que
me contabas después, al principio un poco descafeinada pero más tarde
con toda crueldad, de los infortunios que me negaban el derecho natural
de acompañar tu vida: sin
padre, sin fortuna, sin títulos (los universitarios no cotizaban en el
mercado de tu madre), sin intenciones de dejar de trabajar (¿has
pensado alguna vez como la santa, católica y apostólica baronesa
contradecía su doctrina al desobedecer descaradamente
uno de los primeros
mandatos divinos? Su frente y la de los de su club solamente sudaban en
verano en el campo de golf). Y desde luego, me faltaba la nariz de loro
y las ganas de alternar con enanos mentales que confunden a Darwin con
un modisto y creen que Galileo es un pub de moda. A cambio yo tenía un
gran sentido de independencia, un gran sentido del humor y muchísimos
libros.
Mírate, Serafín. Preferiste esperar la herencia a formar tu propia
familia. Te apostaste en el papel de aspirante para siempre, elegiste lo
fácil y en vez de hijos me diste soledad. Eludiste responsabilidades y
te fue mejor. Mira por dónde, se te muere mamá y se te cae el mundo.
Yo soy el único refugio que te queda,
no sobrevivirías sin apoyo. Te quedó muy bien el gesto caballeresco de
plantear nuestro matrimonio cuando ya no hubo oposición, pero te
conozco demasiado bien... Yo no voy a ocupar el lugar de la mamá
baronesa viuda. No es mi obligación aunque tú lo creas ¿Qué harías después?
Porque desaparecida ella, nadie te obligaría a acompañar solteronas al
teatro, ni a alternar con estafermos que
hablan de sus úlceras de estómago. Por cierto ¿te habrás
tomado las pastillas? Si se te olvida se te nota hasta en la frente
arrugada el malestar que no te abandona. Aquella jovial despreocupación
se fue convirtiendo en mal
genio. Y después eso de que te sentías frustrado a mi lado, yo tan
ocupada y tú como una seta, que traduciendo, querías decir que te daba
cien patadas que yo fuera una
personalidad en la Universidad mientras que tú nunca figurarías más
que en el álbum de tu distinguida casta por el simple mérito de haber
nacido de mamá. Me encuentro de pronto muy cansada, Serafín. Ya ves, hasta me va a costar completar la pantomima de hoy. En vez de dejarme tragar por tu mundo me apetece dar media vuelta y marcharme a conocer Cuba. Ya sé, D. Antonio, ya sé que su Juan de Mairena decía que por grande que fuese una persona nunca superaría la dignidad de ser humano. Sí que me estoy volviendo rara, porque con su permiso, maestro, a esta pandilla de descerebrados yo les retiro para siempre el derecho a tal dignidad. Dígame usted, con su fino humor andaluz, que para todo hay excepciones y que, efectivamente, esta fauna tiene de humano la apariencia, y no siempre, porque allí están los Pérez-Gil Ricalté y observe usted, él parece un gorila, ella una oronda hembra de león marino y las niñas... andan a medio camino entre el jabalí y el brontosaurius. Y como resulta que no han hecho nada en su vida y es el trabajo lo que diferencia al hombre del resto de los primates, pues eso, que han de constituir una rama biológica especial ¿homo inútilis? No voy a encajar entre ellos, D. Antonio. Bueno, de todas formas... veremos. - ¡Vámonos Leo! - ¿A dónde, señora? No es momento de ponerse así... - Tú sí que sabes, hijo... anda dame un pañuelo de papel. Si supieran todos los fantoches que dejé en casa que me estoy estropeando el maquillaje... - ¿ Se puede saber que te pasa? – chilló la gaviota histérica estirando el cuello embutido en la blanca camisa, en el traje negro- las novias se emocionan ante el “sí, quiero” del novio... - ¿Hasta para eso hay normas, hombre? Es que tengo muy poca experiencia yo, en esto de vuestros protocolos... - ¡Pobre Eleusis! - ¡Ah! Pero... ¿Ha venido? No creí que retoñara tan pronto, hace poco que la han plantado. No ponga esa cara, notario, que a ver que va a decir después la elegante concurrencia, no vayan a creer que le he asustado... El coche de la novia se desplazó hasta su lugar, allí donde había desembarcado el novio que recibía las felicitaciones y los saludos de los invitados con cortés desenvoltura. Alguien se dio cuenta de que el coche ya había estado aparcado en el lateral y comenzaron las murmuraciones. De forma automática se fueron colocando todos en fila, bordeando la alfombra , con la respiración contenida y las pupilas fijas en el coche de Brígida, descuidando a Serafín que ofreciendo el brazo a su madrina esperaba a que la novia desfilase hacia el templo para seguirla. Leo abrió la puerta al padrino y este consiguió poner pie a tierra bordeando el coche hasta la portezuela por donde la novia iba a aparecer. Leo hizo lo propio, abrió la puerta de Brígida y la ayudó a erguirse sobre la roja alfombra. Es más oscuro el tono de la alfombra que el del vestido, Eloy no lo aprobará. Que le reclame al obispo. Estos zapatos son un instrumento de tortura. El pasillo se desarrolló tal y como Brígida había supuesto. Las bocas redondas, los ojos desmesurados; las exclamaciones contenidas se iban convirtiendo en comentarios de pasmo a su paso, se formaron pronto los dos bandos: los que simpatizaban con la novia por el atrevimiento a romper moldes y las que, nadando entre la envidia y el estupor optaban por criticar despiadadamente el descaro de la advenediza, sobre todo porque se habían preparado a conciencia las censuras al posible atuendo blanco, fíjate Lulú, ella de blanco, como si no supiéramos... Brígida adoptó la postura ausente que había ensayado y le salió perfecta, pero fue incapaz de reírse por dentro como se había propuesto. No era triunfo lo que la embargaba, sino repugnancia. Llegó al altar, Serafín se colocó a su altura. Le miró. Él mantenía los ojos bajos y los labios apretados. Su reacción no fue la que habría tenido hace tantos años, cuando habría acogido la idea del traje rojo con júbilo y rebelde complicidad, incluso se hubiera atrevido a lucir él una corbata verde o unos zapatos multicolores como desafío a la estúpida etiqueta. Recordó cuando le prometía que un domingo cualquiera, comenzada la misa de doce en la catedral, la llevaría en brazos hasta el altar, y sin más, exigiría que los casaran. No lo había hecho, naturalmente, tampoco ella esperaba locuras semejantes. Comenzó la eucaristía. La música, elegida por la casa del novio, sonaba tan solemne que olía a funeral. El obispo, consciente de que una boda de tal alcurnia no era frecuente, oficiaba con gran prosopopeya. Brígida se ladeó un poquito y miró a Serafín sin recibir respuesta a su mirada. Las flores blancas reposaban en su regazo, dormidas, sin inmutarse cuando los dedos de la novia las pellizcaban arrancándoles algún pétalo que terminaba por el suelo. El bastón del padrino temblaba bajo la mano trémula que sujetaba la plata. La madrina se abanicaba. Se oían los roces de las ropas nuevas en los bancos de atrás, pies que cambiaban de sitio buscando una postura mejor, madera de los bancos que chirriaba ante el reacomodo de algún trasero, más abanicos golpeando el aire, dos tosecillas de compromiso... De pronto el obispo se les acerca y Brígida se sobresaltó. Le miró y vio en su excesiva seriedad otro gesto de desagradable reconvención. Se dirigió al novio primero, pronunciando con ostentación sus apellidos y su condición de nobleza. Serafín pronunció un “sí” pálido, raquítico, apenas musitado, con la vista persistentemente fija en el raso que cubría el reclinatorio. Esto es un acatamiento cobarde que te sirve para darle salida a la situación comprometida en la que dejaste perderse nuestras vidas. Esto es cuanto te queda, bajar la cabeza y aceptar lo irremediable con... ¿con resignación? ¡Pobre Serafín! Pero mira, ya sé lo que tengo que hacer. Acabo de ver claro. Y ya era hora, la verdad. El halda roja de Brígida se cubría de pétalos blancos que las rosas se dejaban arrancar. El murmullo de desconcierto que se levantó como nube de incienso hacia la cúpula, al verse obligado su ilustrísima a repetir la pregunta a la novia sobre su consentimiento al matrimonio la sacó de su abstracción. - Disculpe, ¿decía? - ¡Por Dios bendito! - masculló el obispo y se dispuso a repetir la fórmula por tercera vez- . Dª Brígida González Villar, ¿aceptas por esposo a D. Serafín de Osor... - ¡Ah eso!... Ya. Pues... ¿usted que opina, ilustrísima? Se levantó con parsimonia, se sacudió el vestido, le propinó al barón de Monflor dos cachetitos amistosos en el colodrillo y pronunció con gran claridad: - No. La luz del sol lograba colarse por las rendijas de las grandiosas puertas de la gótica catedral y con los incómodos zapatos de tacón y raso en la mano, Brígida avanzó alfombra adelante entre el escandalizado desconcierto de los invitados y atravesó la histórica plaza ante la atónita mirada de Leo que se apresuró a abrirle la puerta del coche y ayudarla a colocarse en el asiento la cola del vestido. - ¡A casa! ¡Por fin! Su boca dibujaba una sonrisa y por sus mejillas rodaban dos lágrimas gemelas que, sin duda, Roberto y la maquilladora habrían deplorado. El poeta se acomodó a su lado y le susurró uno de sus proverbios:
Tras el vivir y el soñar,
está
lo que más importa:
despertar. Eva Barro García |
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