1er Certamen Literario APOLOYBACO


 

  

1er Premio de Poesía

 

Hambre para mañana

Juan Antonio Bermúdez Bermúdez 

Jerez de los Caballeros (Badajoz)


"Seamos los servidores del amor 

y jamás sus contables

Cierto que viene para irse

(Como nosotros 

Como nosotros)"

Félix Grande 

Las rubáiyátas de Horacio Martín

Mandamiento


Mandamiento

  

Amar a cada uno por su nombre,

en un idioma impar, íntimo código

en el que cada sílaba sea un mimo.

 

Amar a cada cual por la manera

intrépida o celosa de apretar

el paso en la borrasca y por el cúmulo

de discapacidades que lo azoran.

 

Amar a cada prójimo en su fe, 

por la ráfaga débil que lo surca,

por sus contradicciones, sus bostezos

y el temblor de sus piernas entumidas.

 

Amar a contrapelo, amar a ciegas,

celebrar que tendemos hacia el otro

el pulso, sin que nadie nos lo mande.


 

Hambre para mañana

 

 “[…] fue necesario un ancho espacio / y un largo tiempo: hombres de todo mar y toda 

tierra, / fértiles vientres de mujer, y cuerpos / y más cuerpos fundiéndose incesantes”

Ángel González

 

En deuda, dos

  

Asomado a este cuarto –un faro en el océano–,

recuerdo como en sueños nuestra historia soltera

y acumulo pronósticos, premoniciones, índices

del misterio gozoso de descubrir tu cuerpo

–como un barco en mitad de la noche infinita–.

 

El aliento del big-bang sobre el barro sin forma

que acunaba el latido de este planeta inédito

fue un balbuceo sin huesos, sin articulaciones,

de un idioma de ritmos, matemático y dúctil,

que ha bordado en las mantas tu inicial con mi espuma.

 

Pienso ahora en el hombre, ese bípedo frágil,

en la rifa de genes que lo ata y lo conduce

al bombo de los siglos en el que nuestras sagas

sortearon epidemias, batallas, cataclismos,

celibatos que hubieran castrado nuestro germen

sin sentirlo o siquiera presentirlo, sin culpa.

 

Y agradezco sin límite la lluvia

que empujó a mis abuelos y a los tuyos

a una cama tan blanda como ésta.

 

 

 


Herida abierta

  

Como el nudo de un hueso se resienten

los edificios rotos;

 

las líneas injertadas del tranvía

que llevan ya a otro barrio

se quejan en las curvas, nos desdicen

los nombres de los bares

que cambiaron de nombre

 

y quieto en cada banco hay un fantasma

gemelo del que fuimos;

 

las ciudades son cuerpos

llenos de cicatrices

y el clima que las cambia punza

los dolores antiguos.

 

Déjame que te abrace todavía

sobre estas escaleras y estos puentes,

sobre esta herida abierta.

 

 

 

 

 


“Y por oírte orinar en la oscuridad, en el fondo de la casa, /

como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada, /

cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo”

Pablo Neruda

  

 

Resaca y nubes

  

Con la puntualidad de los verdugos,

los aviones descosen los abrazos.

 

Vago por este jueves de ceniza

desorientado, torpe, transitorio;

 

zozobro en la ciudad, vacía de ti,

entre objetos viudos, flores secas,

 

extraños muy vecinos y animales

que me ladran su asombro en cada entrada.

 

Me duele la cabeza y casi llueve.


 

 

 

La mujer insólita

I

Cuando la vida era un absurdo jeroglífico ya resuelto,

ella lanzó una cometa

y le sopló altura con sus labios de nube.

 

Donde otras acariciaban una cicatriz,

ella nadó desnuda.

 

Era dulce y terrible y, sobre todo,

era una mujer insólita.

 

Quizá por eso la quise tantas veces tanto.

  

II

La insólita mujer de labios de algodón

me ha dejado una herida pequeña, inapreciable,

debajo de los párpados.

 

No es grave, como todos o casi,

creo en la vida con una devoción de náufrago.

 

Pero cierro los ojos

y los sueños me escuecen.

 

 

 


Vendrán más años y tendrán tus ojos

  

Cuando el silencio sea un cadáver de la risa;

cuando los años se escurran en su embudo

como peces de mercurio, como espuma;

 

cuando nuestra memoria quepa

en una fotografía en blanco y negro,

 

tú seguirás mirándome;

tú seguirás, mirándome.


 

 

 

Álbum

 

De todos los abrazos que brindamos

al sol desperezado en una esquina,

de toda la frenética torpeza

de las manos glotonas bajo el traje,

 

de aquella risa floja y contagiosa

oculta en los colchones de alquiler,

de todo aquel amor, que no nos cupo

ni en sortijas ni en rosas, heredamos

 

rectas conversaciones telefónicas

las fiestas de guardar, rencor y sombras

chinescas archivadas en un álbum

como opaca quincalla del recuerdo.


 

 

 

Escuchando a Miles Davis  

What is this thing called love?

  

Hacía mucho frío y mucho tiempo

que bajaban temblando

la escala diminuta de los mapas

hasta las avenidas, los desiertos

del whisky con ceniza,

donde de vez en cuando se asomaban,

como en un espejismo,

fugazmente, en el cuerpo

del amante de turno,

del amante de guardia.

 

Hacía mucho frío y mucho tiempo

que vagabundeaban sin euforia

ni angustia por la vida,

tan borrachos y dignos

como un espantapájaros.

 

Hacía mucho frío y mucho tiempo

que se andaban buscando.

 

Se encontraron, por fin, en un semáforo,

digamos, en el metro, en una fiesta;

y se reconocieron de repente

por esa fuerza que arde o que se agita

bajo el gesto de escarcha.

 

Uno movió los labios

como el que va a cerrar una pregunta

suspensa en el reloj.

 

 

El otro, errante, alzó los brazos, quiso

detener el columpio, parar pulsos

para sincronizarlos.

Pero esa tuerca terca, la costumbre,

los dejó mudos, ciegos, paralíticos,

tan solos como siempre, tan dispuestos

a continuar buscándose.


 

 

 

El corazón desierto

 

De ventanilla a ventanilla,

desde otro tren contrario y paralelo

varado algún minuto

en la estación nocturna,

se encontrará mi vida con tus ojos.

 

Nos cruzará el amor, como un sonámbulo,

el corazón desierto.

Y pasará de largo.


 

 

 

¿Me concede este baile?

  

Todo el mundo carece, todos somos

nadadores sin rumbo ni costumbre,

paracaidistas sin paracaídas,

mansos recién nacidos entre fieras.

 

No tenemos memoria del peligro,

ni instinto, ni cautela, ni pudor;

el viaje es siempre de ida y no nos sirve

ensayar estrategias de socorro.

 

Por eso, tropezamos tantas veces

con la piedra afilada, incandescente,

que pica en nuestro centro como un pájaro.

 

Despistados, alegres, arrastramos

los pasos malheridos del borracho.

¿Me concede este baile, mademoiselle?


 

 

 

Deconstructing J

  

La habitación, como tú, queda un poco despeinada

tras ese dulce ritual de ir perdiendo las prendas

para ganar la piel como se alcanza una orilla.

 

Por las calles y los días, nos buscábamos

sin saberlo, como dos astros en su órbita,

hasta este cruce que suma nuestras vidas

y da un balance distinto a antiguas cuentas.

 

Porque, igual que tu cuerpo desordena estas sábanas

barajas mis años como se desbarata un puzzle

y me inventas un modo nuevo de ser y de haber sido.

 

 

 

 

 

 


“Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos / que son dos hormigueros solitarios /

y son mis manos sin las tuyas varios / intratables espinos a manojos”

Miguel Hernández

 

“Mirá no pido mucho, / solamente tu mano, tenerla /

como un sapito que duerme así contento”

Julio Cortázar

  

 

Enredadera

 

 

Como cinco semillas,

como cinco penínsulas del limbo,

cinco y cinco animales vagabundos,

cinco náufragos siameses del océano sanguinario,

cinco ríos que se cegaban en el tacto,

    del hielo, de la lija y de la seda,

    del fantasmal ropero, del volumen

                 desordenado y arrugado de las sábanas,

    de otras pieles que se fueron deshaciendo        

    de la nada hacia la nada con ternura,   

cinco muescas, cinco huellas en el margen

    de este libro en el que anoto los errores

                  del horror y del amor y de sus márgenes

    para nombrar la rabia de perder,

    para nombrar la suerte de existir

                  ahora y aquí, delante de un café con leche.

 

Cinco y cinco semillas por jardines laberínticos,

    por los senderos y los siglos,

    por los relojes y las brújulas,

fueron mis manos hasta encontrar tu tierra,

hasta encontrar destino de pulso y crecimiento.


 

 

 

Fe en la errata

  

Las flechas desviadas, al final,

aciertan otro blanco;

las derivas desvelan continentes;

alguien huele y adopta

las cartas sin remite.

 

Cada desliz da cuerda,

cada gazapo prende.

 

El día que acudí

al sitio equivocado, a la hora impropia,

allí estaba esperándome

la muchacha más linda

de este baile de locos en desahucio.


 

 

 

Hambre para mañana

  

El pan de cada día, el pan tan nuestro,

se amasa, crece y cuece, compañera,

en este abrazo tibio que deroga

las despóticas leyes del dolor.

 

Saciémonos en horas de oficina,

en sábanas de hilo y en el piso

recién desinfectado de las jaulas.

 

Saciémonos al raso, por los parques,

con la brisa holgazana que el domingo

comparte con los parias y los prósperos.

 

Saciémonos, que luego acecha el frío,

el fango en el que lucen las libélulas

como ángeles caídos, el abismo

del sueño sin almohada, el hambre cruda.

 

 

 

Juan Antonio Bermúdez Bermúdez


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