1er Certamen Literario APOLOYBACO


 

  

Accésit Narraciones Breves

Premio a la creación literaria sevillana

 

El legado de Los Arcos

Rafael González Ruiz

Écija (Sevilla)


 

              Si cerráis la puerta

a todos los errores, también 

la verdad se quedará fuera.

         Rabindranath Tagore

 

             

El coche paró unos metros antes de llegar al puente. No era seguro que la débil estructura de madera soportara el peso del Seat 1500 y el taxista dio por terminado el trayecto.  El resto del recorrido tendrían que hacerlo a pie.

Le costaba adaptarse al ritmo lento y parsimonioso de su guía, pero eso le permitía contemplar con calma las tierras que le rodeaban. Era un paisaje muy distinto al de las playas normandas que había dejado atrás unos días antes. Ante sus ojos, una inmensa llanura, repleta de olivos creciendo sobre una tierra rojiza y sedienta. Un trozo de la Andalucía anclada en los tiempos, de la que lo desconocía casi todo. El clima también era muy diferente. Donde él vivía ya casi hacía frío y sin embargo en aquella campiña y en aquellas horas del mediodía, el calor era insoportable. El aire caliente y el sol cayendo a plomo no invitaban a pasear por allí; de hecho, la hierba alta y seca que cubría el camino mostraba que aquellos parajes eran poco visitados. Y no le extrañaba. Si al menos pudiera disponer de un sombrero de paja como el que llevaba su acompañante...

El viejo veía las gotas de sudor brotando de la frente del foráneo y pareció leerle el pensamiento.

‹‹A estos calores de septiembre, aquí los conocemos como el veranillo del membrillo. Se ve que usted no está acostumbrado, pero no se asuste, esto no es siempre así... Toda la culpa la tiene este solano que parece que quiere achicharrarnos... Debería de haberse traído algo para cubrirse la cabeza... De momento traiga usted un pañuelo y vamos a remediarlo...  Le hacemos cuatro nuditos y ahí tiene...››

 

 

 

Era habitual que, tras de la caída del sol, aceras, patios y zaguanes se convirtiesen en lugares de reunión de la vecindad. Los largos y calurosos días del verano tenían su epílogo con la llegada de aquellos deseados momentos de tregua, que la canícula ofrecía y que todos aprovechaban para el descanso y la diversión.

Pero una noche, pocos días después de la llegada del forastero, la extraña visita de dos mujeres vestidas de negro, que aparecieron  inesperadamente por una de las esquinas de la calle, alteró el normal devenir de la velada y provocó que todos dejasen los juegos y las conversaciones para fijar la atención en ellas.

Iluminadas por la luz mortecina que rociaba un farol, las enlutadas caminaron en silencio calle arriba, proyectando largas sombras sobre el suelo empedrado. El deambular taciturno de aquellas sombras andantes que, sin detenerse, se acercaban de manera extraña a las tertulias de los vecinos, asustó a los niños y estremeció a los mayores. Sin embargo a Manuel, un octogenario de pelo blanco, que acomodaba su silla junto al zócalo, le trajo recuerdos de otros tiempos.  Él creyó saber lo que aquel paseo significaba.

La gente enmudecía al paso de las enlutadas y en el rostro de ambas mujeres se dibujaba un gesto de disgusto al advertirlo, porque el silencio hacía inútil su ceremonial. La actitud de prevención que mostraban ante ellas provocaba justo lo contrario de lo que pretendían. Era necesario que la gente hablase, porque, según les había dicho la “sabia”: ‹‹Entre las voces de la calle, había mensajes que enviaban los espíritus para los que, como ellas, necesitaban resolver un enigma››.

Manuel recostaba la cabeza sobre la pared. Las patas delanteras de su silla de anea quedaban en el aire, en un ejercicio de equilibrio poco recomendable para su edad. Pero hombre y “cabalgadura” estaban tan hechos el uno al otro que, hasta durmiendo, la inestabilidad era controlada. De todos modos, aquella noche después de haber reconocido a las dos mujeres, ya no pudo conciliar el sueño. Hacía muchos años que no había vuelto a ver aquel tipo de ritual, pero no dudaba cual era su objetivo y casi sin darse cuenta, lo dejó escapar de los labios:

‹‹Esos cuervos están escarbando››.¾ Dijo sacándose el palillo de dientes de la boca.

—‹‹¿Qué dice usted abuelo?››— Preguntó su nieta que estaba sentada a su lado.

—‹‹Que esas dos buscan algo que está bien escondido›› — Le aclaró señalándolas.

‹‹Y usted ¿cómo lo sabe?››

‹‹Porque tengo muchos años, chiquilla, ¿te parece poca razón?››¾ Le manifestó sonriendo. Luego, mirándola a los ojos y con rebuscada intriga, continuó:

‹‹Recuérdame que un día te cuente una cosa que tiene mucho que ver con esas mujeres que has visto pasar››.

La muchacha, que atesoraba curiosidad y adolecía de paciencia, no estaba dispuesta a esperar a una fecha tan imprecisa e insistió con vehemencia a su abuelo para que le empezara a contar en aquel mismo momento.

El hombre, tras recapacitar unos segundos, se arrepintió de haberle dicho aquello. Temía que por culpa de su  indiscreción se pudiera enredar una historia de la que ya conocía el final.

           

Un mes antes de la extraña aparición, Don Anselmo Arcos, un hombre al que casi todos consideraron como un rico déspota y resentido, había fallecido mientras dormía. Tal era la poca simpatía que aquel hombre se había granjeado en el lugar, que a casi nadie le entristeció su muerte. Algunos, incluso recriminaron a la Dama de la Guadaña el trato de favor que le había dispensado, al regalarle tan plácido final.

Aquellos pérfidos sentimientos se debían a que siempre estuvo marcado por lo que le hizo a su hijo y por haber sido considerado un individuo receloso y huraño que rehuyó el contacto de los demás. Fue también autoritario, implacable y desconfiado con sus hijastras, a las que había hecho vivir en una permanente represión. Y por si todo eso fuera poco, en los últimos años de su vida, tras la muerte de su segunda esposa, se había comportado de una manera tan extraña y obsesiva, que a muchos hizo pensar que estaba loco. 

La monótona insistencia de sus actos daba pie a pensar que algo de aquello era cierto.  Todos los días repetía la misma rutina: Salía de su casa antes del alba, evitando cruzarse con nadie. Muchos recordaban el sonido de los cascos de su caballo resonando en la penumbra de las calles, hasta que abandonaba el pueblo. Después, cruzaba el puente de madera sobre el cauce, casi siempre seco, del arroyo y se adentraba en el camino que conducía a sus tierras.

En ellas, un caserío recortaba su silueta sobre un extenso olivar. A su lado, una inmensa higuera, cobijo de bandadas de gorriones, era testigo de su abandono.

Desde lo alto de su montura contemplaba los alrededores antes de dirigirse al enorme portalón. Franqueaba el umbral y abriéndose paso entre tinajas, canastas y decenas de aperos oxidados y cubiertos de telarañas, entraba en la casa.

Tiempo atrás, había sido su hogar. Pero Laura, su segunda esposa, no quiso que sus hijas se criaran aisladas en el campo y se trasladaron a la casona del pueblo. La hacienda quedó entonces deshabitada, sin más uso que servir de almacén de cosas que jamás se utilizaban.

Después de esparcir la última mirada, cerraba el portón y caminaba durante unos minutos. Hablaba solo, gesticulaba y consultaba continuamente su reloj de bolsillo. Al rato, cuando las manecillas marcaban la hora que tenía estipulada, volvía a montar su caballo y dirigía sus pasos hacia el cementerio. Allí permanecía unos minutos junto a las tumbas donde descansaban los restos de sus dos esposas e instantes después, cuando el sol apenas se izaba en el horizonte, arreaba a su montura y regresaba a su casa, de donde ya no volvía a salir.

En su alcoba, una hermosa mujer vigilaba sus movimientos. Lo hacía desde un cuadro que dominaba toda la estancia. Ella mostraba un rostro sereno y dulce pero él sentía que tras aquella mirada candorosa, había un eterno reproche. Día tras día volvía a revivir el instante en el que Laura cayó de la yegua. Nunca debió obligarla a hacer algo que no le gustaba. Se culpaba de aquello y de su precipitación al levantarla del suelo. Si hubiese actuado de otra manera, tal vez su cuerpo no hubiese quedado paralizado para siempre. 

Por otro lado estaba Maria, su primera esposa. A veces la veía caminar por el corredor. Se asomaba a la puerta y lo miraba. Aparecía tal y como estaba en la fotografía que guardaba en el aparador: Con su tripa abultada, sus ojos tristes y sus labios entreabiertos insistiendo permanente en su angustiosa pregunta:

‹‹¿Cómo pudiste hacerlo?››

 

Un cuadro, una fotografía y un fantasma que condensaban su perturbada vida.

Un escueto resumen de imágenes en las que faltaban las de un niño del que no sabía ni el color de sus ojos: ‹‹Las de su hijo››

 

Aquellas salidas matutinas de Don Anselmo las aprovechaban las hijas de Laura para tratar de averiguar el sitio donde escondía su fortuna. Nunca tuvieron buenas relaciones con él.  Lo habían odiado con toda su alma porque lo culparon del accidente de su madre. Y porque, a raíz del trágico episodio, aquel hombre siempre las había tratado con intransigencia y desconfianza, vigilando sus movimientos y restringiendo sus gastos.

Ellas habían permanecido bajo el mismo techo porque dependían de su dinero. Sabían que su padrastro tenía mucho, aunque él les dijera lo contrario. Estaban seguras que en algún lugar de aquella casona había una fortuna y no dejaban de especular sobre la forma de conseguirla.

Con su muerte, se abrían las puertas a una nueva vida. Nunca más tendrían que soportar sus continuos reproches y por fin podrían abandonar aquel pueblo que las asfixiaba. Había llegado el momento de hacer realidad sus sueños; viajar, vestir a la moda, ir a fiestas, conocer gentes... Todo estaba ya muy cerca, sólo faltaba un paso más; encontrar el dinero.

Una vez desaparecido el viejo, el objetivo no parecía demasiado complicado. Ya nada ni nadie les impediría rastrear a fondo toda la casa y remover todo lo que quisieran sin temor a ser espiadas... No dudaban que, con esas facilidades, el éxito no tardaría en llegar. 

 

Vaciaron roperos, cómodas, arcones. Desocuparon la buhardilla. Levantaron losas. Destrozaron colchones. Descolgaron cuadros, espejos y repisas. Golpeaban sin descanso suelos y paredes en los sitios donde les parecía que el viejo, al que no paraban de nombrar, y nunca para elogiarlo, podría haber hecho un hueco para esconder los caudales.

Milagros, la mayor de ellas, cada vez que escuchaba la voz de su hermana llamándola desde otro lugar de la casa, se sobresaltaba porque creía que aquel "milagro" se refería a que su hermana por fin había encontrado algo. Pero después de saber que sólo estaba llamándola, volvía a los rezos y a las plegarias invocando a todos aquellos santos que tuvieran entre sus habilidades la búsqueda de cosas perdidas. Así, San Cucufato quizá fuese uno de los que más interés pudiera tener en que el dinero apareciese, porque hasta entonces permanecería hecho un nudo en un pañuelo, simbolizando que lo que se ataba con fuerza entre sus lazadas eran sus varoniles partes.

Las dos mujeres se santiguaban, persignaban, rezaban, encendían velas y lamparillas.  Subían y bajaban, entraban y salían de las alcobas... Pero el dinero no aparecía. Después de muchos días de interminable búsqueda, llegaron a una conclusión: Necesitaban ayuda. Solas podían estar buscando durante meses y no encontrar nada. Pero ¿a quien pedirla? Allí no tenían a nadie en quien confiar y además no querían que aquello se supiera... Tenían que pensar rápidamente en alguna otra cosa, sobre todo después de saber que el extranjero que una tarde había llamado a la puerta, permanecía en el pueblo.

La casualidad quiso que, al entrar en una tienda, oyeran una conversación entre dos mujeres; hablaban de una vidente a la que se referían como ‹‹La sabía›› y decían maravillas acerca de sus “poderes”. Intentando ser discretas, preguntaron por ella para saber que clase de asuntos resolvía y les dijeron que era famosa por sus predicciones y que mucha gente iba a verla para solucionar todo tipo de problemas. 

A la vista de tan extraordinarias referencias, Milagros y Gertrudis, decidieron visitarla.

Vivía en una pequeña casa de una aldea cercana. Al entrar, el olor a sahumerio de alhucema e incienso, sobrecogía. La penumbra de la habitación donde estaba la “adivina” era apenas mitigada por algunas velas que iluminaban rincones ocupados por imágenes de santos. La mujer era ciega y estaba acompañada por un hombre de mediana edad, delgado y con los pómulos hundidos, que parecía ser su asistente.

Durante la sesión, la invidente intuyó por las explicaciones que las hermanas le daban, que lo que estaban buscando podría ser algo muy valioso. Por desgracia, aunque su apelativo hacía suponer que debería “saberlo todo", ella conocía mejor que nadie el limite de sus “poderes”. El tema en cuestión no era cosa de adivinar el porvenir, tarea en la que, decía, estaba “especializada”, pero aún así, no parecía estar dispuesta a perder la oportunidad de sacar algún beneficio de aquel asunto.

 De modo que, después de pensar unos momentos para valorar la situación, recordó un antiguo sortilegio que al parecer había sido utilizado con éxito en épocas pasadas... 

Con sus ojos inexpresivos clavados en el infinito y una voz envolvente y mística, se dispuso a explicar a las hermanas los pasos que debían seguir para encontrar lo que buscaban.

‹‹Invocaremos el amparo de las fuerzas sobrenaturales››. Les dijo.

Aquello les sonó a superchería y se miraron con extrañeza. El ayudante carraspeó y la ciega, que entendió la señal, se dispuso a explicar sus palabras antes de perder la clientela.

—‹‹Entiendo que os suene raro pero debéis saber que entre nosotros hay espíritus o energías prodigiosas que están dispuestos a ayudarnos. Aunque os extrañe, “ellos” nos hacen llegar sus mensajes a través de palabras, que envían mezcladas con las voces de los mortales. En muchos casos, son almas del Purgatorio que no pudiendo encontrar el descanso eterno, hacen llegar estos avisos con el objeto de pagar sus deudas.  Sus voces son las voces de la gente de la calle. Sus mensajes se repiten a diario en la boca de cualquiera de las personas con quien nos cruzamos. La cuestión es pasar por su lado en el momento justo; cuando el espíritu habla y, por supuesto, saber interpretar sus palabras. Vosotras escucharéis esos mensajes. Yo os diré su significado... Os puedo garantizar que esta invocación a los espíritus ha resuelto casos más complicados que el vuestro››

El ritual, según les detalló, consistía en hacer una ronda nocturna por las calles del pueblo, desde la caída del sol hasta la media noche. Una de ellas debería ir rezando, la otra escuchando y anotando las palabras o frases que formaban parte de las conversaciones de todos aquellos con los que se cruzaban y que pudieran tener relación con el motivo en cuestión. Más tarde, con los datos recogidos, intentarían completar un mensaje que diera respuesta a su pregunta y que les condujese al descubrimiento de lo que buscaban.

Nunca habían oído tal cosa. Les desilusionó que aquella mujer no fuese capaz de descubrir directamente el enigma y dudaban de la parafernalia que proponía. Pero nada perderían intentándolo.  Así que, sin más perdida de tiempo, comenzaron las rondas.

Las primeras señales no tardaron en llegar y no era extraño, porque, al ser el dinero, y sobre todo, la falta de él, un tema tan recurrente en cualquier conversación, fueron muchas las palabras y frases alusivas que podrían responder perfectamente a la pregunta que formulaban: ‹‹¿Dónde está el dinero?››. Entre los mensajes que fueron capaces de completar algunos respondían a la cuestión, pero de una manera tan vaga que haría falta la ayuda de la experta para determinar el sitio exacto. Algunos decían que “Hay que sudar para encontrarlo” Otros que “Está al lado de la suerte”. En otra conversación, también escucharon a alguien decir que “El dinero lo vigila una herradura”... Y como esos, otros muchos, que ni entendían ni aclaraban demasiado.

Estaban desilusionadas porque esperaban respuestas más concreta. Todo aquello era algo tan obvio, que no les parecía que hubiera que estar toda la noche rondando para saber que el dinero y la suerte están muy cerca uno del otro, y que hay que sudar para ganarlo; pero de todos modos, la ciega, a la que de nuevo visitaron para dar cuenta de los resultados, creía "ver" que los mensajes eran claros y las animaba a seguir:

‹‹La suerte, tiene un símbolo... y como me decís, también habéis escuchado “debajo de una herradura”. Está claro que los espíritus están hablando. Una herradura es la clave. Estáis en el camino correcto, pero tenéis que seguir... Al menos una ronda más››.

 

 

La nieta seguía suplicándole a su abuelo. Le entusiasmaban sus relatos y se embobaba escuchándolo. Él, que adoraba a la chiquilla, sabía que después de haberle dicho aquello, no tenía escapatoria; ya no dejaría de insistir hasta conseguir que se lo contara...

‹‹Bueno está bien, te lo contaré. Pero me tienes que prometer que no se lo dirás a nadie››.

‹‹Abuelo, te lo prometo, pero por favor cuéntalo ya...››

‹‹Espero que cumplas tu promesa... Verás. La historia comenzó hace muchos años... Yo entre a trabajar en la yegüeriza de los Arcos cuando tenía unos quince años... Y allí había un pequeño de... seis o siete años que era el hijo del “amo”. Era un chiquillo al que le encantaban los caballos y pasaba mucho tiempo conmigo. Yo temía que le pasara algo porque se metía entre los potrillos como si fuera uno de ellos; los acariciaba, les echaba de comer... era digno de ver a una criatura tan chica moviéndose entre aquellos animales.  Cuando se hizo un poco mayor, sus padres lo enviaron a un colegio de la capital como hacían casi todos los pudientes. Volvía en verano y por las Pascuas... Y lo primero que hacía era ir a la yegüeriza para ver a sus potros. Me acuerdo que siempre me traía algún libro. Sabía que me gustaban y que no tenía dinero para comprarlos. Eso nunca lo olvidaré... Hablábamos mucho; él me preguntaba sobre las novedades que habían ocurrido durante su ausencia y yo le preguntaba a él cosas de la ciudad. A veces me decía que fuese a cabalgar con él y salíamos al campo. ¡Era un jinete de primera! 

Con los años regresó definitivamente. Su padre estaba muy enfermo y él tenía que hacerse cargo de la hacienda. Nunca perdimos el contacto porque su afición estaba por encima de todo, pero ya era distinto; él era el nuevo mandamás y yo, uno de sus trabajadores, aún así, siempre nos llevamos bien...

Era un hombre solitario y poco amigo de las reuniones del casino. Por eso, muchos lo consideraban una persona rara, pero a mí no me lo parecía. Al menos hasta que murió su primera mujer... y ocurrió lo de su hijo... ››

La jovencita, con sus brazos apoyados sobre las piernas de su abuelo estaba tan pendiente de su relato que se desesperaba con sus intrigantes pausas.

‹‹Abuelo... Por favor, sigue contando. Dime ¿qué le pasó a su hijo?››

‹‹Por desgracia la señora tuvo un parto complicado. La criatura nació bien pero venía de nalgas y no pudieron evitar que la madre muriera desangrada. A Don Anselmo, que la quería mucho, se le vino el mundo encima. Se volvió loco y no quería saber nada del crío porque decía que había matado a su madre. Lo quiso quitar de su vista y convenció a una hermana de ella para que lo recogiera. Su tía, claro está, no tuvo más remedio que hacerlo... Se lo llevaron a Madrid porque el marido de aquella señora era militar y estaba allí destinado... Después, cuando el niño tenía pocos meses, comenzó la guerra... y separó para siempre a las familias... porque el cuñado de Don Anselmo estuvo del lado de la República y él estaba en el bando contrario.

‹‹¿Y nunca volvió a ver a su hijo?

‹‹No hija, por desgracia padre e hijo, nunca más volverían a encontrarse››

‹‹Ese hombre merece estar en el infierno, por haber renegado de su hijo››.

‹‹Desde ese momento ya estuvo en el infierno... Porque cuando recuperó el juicio y se dio cuenta de lo que había hecho con su hijo, se maldecía a si mismo. Ahí empezó su verdadero calvario. Quiso recuperarlo y puso todo su empeño en hacerlo. Lo buscó desesperadamente pero todos los intentos chocaban con la guerra.  Con el tiempo, lo único que pudo saber del chiquillo fue que en los últimos días de la tragedia él y la familia habían pasado la frontera francesa con dirección al exilio››.

Manuel se quedó un momento callado, cogió el búcaro y se refrescó la garganta.

‹‹Sigue abuelo, por favor. Sigue contándome››

‹‹Esta bien. Ya continúo... Por mucho que lo intentaba, los tiempos no podían ser más malos; cuando terminó la guerra de aquí comenzó la de Europa, y después la posguerra y el aislamiento... En fin, tantas trabas que los años pasaban y las noticias que esperaba nunca llegaban. Todo eso lo llevó a perder las esperanzas y a hundirse en un pozo de amargura››.

‹‹Y tú ¿cómo sabes todo eso?››

‹‹Bueno. Aunque entre los dos había muchas diferencias, nos respetábamos y nos ayudábamos. Me ayudó a salir de la cárcel... Yo no había hecho nada para que me metieran allí, pero en aquellos tiempos no hacían falta muchos motivos para entrar y se necesitaban muchos para salir. Por mi parte, también hice lo que pude para ayudarle a encontrar a su hijo. Intentamos ponernos en contacto con exiliados españoles y con sindicatos franceses, pero desgraciadamente no tuvimos suerte. Así que, como no tenía a nadie a quien confiar sus penas, se acercaba por la yegüeriza y hablaba conmigo. Me contaba que pasaba las noches en vela luchando con su conciencia, y que continuamente veía a su mujer reclamándole a su hijo y culpándolo de sus desdichas. Creía ver su fantasma acompañándolo a todos lados, insistiéndole que no dejara de buscarlo››.

‹‹La conciencia no lo dejaba vivir. Se merecía ese castigo.››

‹‹No quiero que pienses eso. Ese hombre no tuvo ninguna oportunidad de enmendar su error. No fue tan malo como la gente piensa.››

‹‹ Y ¿qué más te dijo? ¿Qué pasó después?››

‹‹Hubo un tiempo en el que apenas lo veía. Dejó de interesarle todo, ni negocios ni caballos ni nada. Escogió un mal refugio; la bebida. Empezó a frecuentar los casinos y las tabernas donde era normal verlo, gastaba mucho y le robaban más. Muchas veces amanecía en una pensión de cualquier pueblo cercano, cubierto de vómitos y orines. Los que decían ser sus amigos, estaban con él mientras tenía los bolsillos llenos pero cuando se quedaba sin dinero lo abandonaban en cualquier parte. Así estuvo mucho tiempo hasta que a Dios gracias, cuando más acabado estaba, la providencia cruzó una mujer en su vida... Era una joven viuda, madre de dos niñas, que regentaba un hostal frecuentado por él cuando iba a la capital. Muchas veces, al saber el penoso estado en que se encontraba, lo había recogido de la calle. Logró rescatarlo de las garras del alcohol. Se enamoraron y al final, se casaron. Recuperó las ganas de vivir y retomó sus asuntos. Sobre todo uno de ellos, que nunca dejó de rondar por su cabeza: Recuperar a su hijo››.

‹‹ ¿Y volvió a verte?››

‹‹Sí. Algunas veces iba solo y otras con su esposa. Entre la señora Laura y él parecía haber mucho cariño. Ella era mujer de ciudad y se veía que no le interesaban mucho las cosas del campo, pero él se propuso apegarla a todas las cosas que a él le gustaban. Pensó que la mejor manera para eso era aficionarla a los caballos, y le regaló una yegua torda que tenía una planta preciosa pero que a mi no me convencía. Lo hizo con sana intención pero no fue buena idea. La señora nunca logró dominar al animal.  Y ocurrió lo que se estaba viendo venir... ››

‹‹¿Qué abuelo? ¿Qué pasó? ››

‹‹Pues que, desgraciadamente, la adversidad entró de nuevo por las puertas: Una caída mientras cabalgaba la dejó paralítica. La pobre tuvo que soportar muchos años de sufrimientos en una cama, antes de morir. Después de eso, Don Anselmo volvió a hundirse. Se sentía culpable de todo... del infortunio de Laura, de la perdida de su hijo... En fin que volvía a estar solo››.

‹‹Pero ¿y las niñas? ¿No vivían con él?››

‹‹Las niñas... Son esas dos mujeres que has visto pasar vestidas de negro. No tenía buen trato con ellas. Apenas les hablaba y cuando lo hacía era para reprocharles la poca atención que le dedicaban a su madre. Cuando nos veíamos, me contaba que no cuidaban de ella y sólo pensaban en vivir la vida y en gastar dinero››.

‹‹Abuelo, me está empezando a dar un poco de pena. Ese hombre fue un desgraciado››

‹‹Ves, cómo las cosas son más complicadas de lo que parecen. Por eso, a partir de entonces, él se comportó de una forma tan rara. No quería saber de nada ni de nadie.  Ya tan sólo le encontró un sentido a seguir viviendo: Encontrar a su hijo››.

‹‹¿Y pudo hacerlo?››

‹‹Lo hizo, pero no llegó a verlo››.

‹‹Por Dios abuelo ¿por qué no pudo?››

‹‹La Muerte se lo ha impedido. Muchos creen que lo ha tratado demasiado bien, pero no saben que se ha ensañado con él. Si hubiese esperado unas semanas más, hubiese visto a su hijo, y al menos se hubiese marchado con esa alegría››.

‹‹Y el hijo ¿dónde estaba? ¿Cómo lo encontró? ¿Ha vuelto? ¿Sabe que su padre ha muerto?

‹‹Tranquila, tranquila, no seas tan impaciente... Hace poco más de un mes, Don Anselmo quiso verme. Estaba nervioso. Me dijo: “Lo han encontrado”. Alguien le había dado la noticia de que su hijo vivía en un pueblo del norte de Francia y desde que se enteró, empezó a hacer todo lo posible para ponerse en contacto con él. Pero el pobre tenía el presentimiento de que no lo vería. Recuerdo su tristeza al decirme aquellas palabras:

“Manuel, nada me gustaría más que poder abrazarlo... Pero no sé si llegaré a tiempo... El corazón ya me ha dado un aviso... Por si acaso, he intentado poner todas las cosas en orden... Y quiero pedirte que si él regresa y yo ya no estoy en este mundo, le hagas entrega de este sobre. En él hay una carta y una copia de mi testamento. Si me equivoco, ojalá que así sea, y puedo verlo, vendré a recogerlo. De todos modos, estará más seguro en tu poder que en mi casa, porque esas dos serpientes están rebuscando entre mis cosas...” 

Intenté convencerle de que yo no era el más propio para el encargo, al ser aún más viejo que él y vivir casi de prestado, pero insistió. No paraba de decir que su corazón estaba resentido con él, y creía que estaba esperando el momento para vengarse››.

‹‹Y acertó››.

‹‹Sí. Desgraciadamente acertó››.

 

Esa misma noche, al rato de pasar por la calle, Gertrudis, la más joven de las enlutadas se sintió mal y tuvieron que dar por terminada la ronda antes de lo previsto.

Volvieron a la casa y cuando Milagros bajaba las escaleras después de dejar a su hermana en la cama, unos golpes y el relincho del caballo la sobresaltaron. Entró en la cocina y abrió la puerta que daba al patio y a las caballerizas. Una luz parpadeaba dentro de las cuadras y se escuchaba que el animal estaba inquieto. Se acercó y pudo ver a través de un ventanuco la silueta de alguien que, con una lámpara de carburo, se desplazaba de un lado a otro del cobertizo. El miedo la atenazó y se mantuvo quieta sin saber qué hacer. El ladrón apartaba la paja del pesebre y golpeaba el fondo con un palo. Lo mismo hacía por el suelo y por las paredes. Después entró en el guadarnés y por unos segundos... la claridad mostró el rostro del intruso. Era el compañero de la “sabia”. 

Las dudas la asaltaron, pero al momento supo lo que allí estaba ocurriendo: ‹‹Aquel hombre buscaba el dinero›› y parecía tener una idea bastante exacta de donde encontrarlo. Estaba segura que la vidente las había engañado y que, ellas mismas, con su candidez, le habían facilitado el camino. ‹‹Ahora, los muy farsantes, aprovechando que ellas deberían estar de ronda, pretendían quedarse con todo››. Tenía que detenerlo pero ella sola no podía enfrentarse a él y llamar a su hermana en las condiciones que se encontraba, solo le haría perder el tiempo. Supuso que lo mejor era coger la escopeta que su padrastro guardaba en su alcoba. Era la única posibilidad que tenía para evitar que el intruso lograra el propósito de largarse con la fortuna. Se armó de valor y caminó sigilosamente hacia atrás para separarse de la ventana y entrar de nuevo en la casa pero, con los nervios y la oscuridad, no reparó en un baño de zinc que estaba apoyado en la pared y lo golpeó. El baño rodó con estruendo. Irritada por su torpeza, corrió para coger el arma. Al entrar oyó el chirrido que el portón del cobertizo produjo al abrirse. Descolgó la escopeta de la pared, pensando que de poco le iba a servir si no estaba cargada. Rogaba a Dios que los cartuchos estuvieran dentro.

Precipitadamente puso en vanguardia los dos cañones y volvió a salir. Estaba preparada para hacerle frente, pero en contra de lo que pensaba, el intruso en vez de esperarla, ya corría hacía el muro trasero. Apuntó y apretó el gatillo.  Al sentir el disparo, el ladrón saltó como un gato por lo alto del paredón. Un tremendo alarido indicó, sin embargo, que aunque saltó como un animal, cayó como una persona. Sin dudas aquel individuo recordaría aquella noche durante mucho tiempo porque aunque solo recibió algunos perdigonazos, en la caída se fracturó una pierna que lo dejó lisiado para siempre.

Revisó la cuadra y vió el pesebre hundido y las sillas tiradas por el suelo pero ninguna otra señal. El ladrón no había tenido tiempo para encontrarlo.

 

Ajenos a todo el jaleo que originó el intento de robo, en la calle ya muchos empezaban a recoger las sillas dando por terminada la velada. Pero la chiquilla, entre bostezo y bostezo, seguía preguntando:

—‹‹Abuelo y ¿ese hombre ha venido? ¿le has podido entregar el sobre?››

—‹‹Sí. Llegó al pueblo hace una semana. Por suerte, lo pillé momentos antes de que subiera a la camioneta, porque ya se marchaba. La verdad es que no fue difícil reconocerlo porque es la viva estampa de su padre.  Me contó que se presentó en la dirección que le habían dicho con la intención de verlo. Pero al decir quien era, esas dos mujeres le dijeron que había muerto y no lo dejaron ni entrar. De modo que, viendo el recibimiento, pensaba irse por donde había venido. ››.

—‹‹Y ¿qué hizo cuando le diste la carta?››

—‹‹Al principio me miró con desconfianza. Después cambió, se ve que Don Anselmo le hablaba de mí en la carta. Estuvo leyéndola y mirando una foto que también sacó del sobre. Estaba emocionado. Al cabo de un buen rato me preguntó por la notaría y después me dijo que, en el testamento, su padre le había dejado la hacienda y las tierras y me preguntó si podía llevarlo hasta allí... Andrés nos acercó hasta el puente en su taxi y el resto del camino lo hicimos andando... ¡Si vieras como sudaba la criatura!

Después, cuando llegamos, me dijo que me volviera porque quería quedarse un rato solo en la casa donde había nacido.

—‹‹Y ¿qué piensa hacer? ¿Se va a quedar a vivir aquí?

—‹‹No lo sé. Creo que se lo está pensando.  Me comentó que de momento esperará que lo llame el notario para firmar y cuando esté todo el papeleo listo se vuelve a Francia. Luego ya verá qué hace, si se queda con la hacienda o la vende... Bueno curiosilla, se acabó lo que se daba... Vamos para dentro que hay que dormir.

 

                                                               

 

 

El notario convocó en su despacho a las dos mujeres para leerles las últimas voluntades de su padrastro. Se alegraron. Quizás el testamento diría dónde estaba guardado el dinero y ya no tuvieran que buscar más.

De luto riguroso, se presentaron un poco antes de la hora en que habían sido citadas. El secretario las hizo entrar y les rogó que esperasen en una pequeña salita.  Cuando apenas habían pasado unos minutos, el extranjero entró y se sentó frente a ellas. Milagros y Gertrudis se miraron asombradas. Sin saber qué hacer ni que decir, se levantaron y salieron al corredor. No podían creerlo. Otra vez aquel hombre... Era la última persona que deseaban ver en aquel momento... Se preguntaban quién lo habría avisado.

Por fin el notario les invitó a sentarse frente a él y tras darles un protocolario pésame, comenzó sin mas preámbulo su exposición.

‹‹Señoritas, caballero, les he citado, como pueden suponer, para leerles las últimas voluntades que su difunto padre, Don Anselmo Arcos Cedros...››. Se levantó y tomó unos pliegos de una de las estanterías. Los examinó, ratificando su contenido con movimientos de cabeza. Volvió a sentarse frente a ellos y les leyó el documento...

 

Cuando salieron de la notaría, Milagros y Gertrudis estaban enfurecidas. Aunque conservaban la casona, un hombre que decía ser su hermanastro, aparecía de repente y les quitaba las tierras y las rentas que aportaban. “Hacienda Los Arcos” en realidad no les importaba, apenas la conocían porque siempre habían odiado el campo, pero sabían que toda la riqueza provenía de allí.

 

Seguían por lo tanto sin dinero. El testamento no hacía ninguna referencia a él.  Ahora, si querían salir del pueblo, tendrían que vender la casa pero... ¿cómo hacerlo si la fortuna del viejo estaba dentro?... No tendrían más remedio que seguir buscando...

 

Al salir, Mario se percató de las miradas hostiles de las dos mujeres. Cruzó la calle y se dirigió a la taberna donde Manuel lo esperaba con un chato de vino en las manos, y se sentó a su lado. Sabía que podía confiar en aquel hombre que no había dejado de hablarle de su padre. Veía la bondad reflejada en aquel rostro de bronce arrugado que prestaba su voz a las palabras de un amigo muerto.

Pero en aquellos instantes, en su mente, además de aquellas palabras, viajaba un torbellino de sentimientos y recuerdos. La dolorosa muerte de sus tíos, a los que siempre consideró como sus verdaderos padres... el hambre y los piojos en el orfanato de Rouen, su adolescencia en las calles... el momento de incertidumbre al saber que su progenitor lo buscaba... Tantas y tantas cosas, que centelleaban en su cerebro como un relámpago en una noche de tormenta.

Las lágrimas desbordaron los ojos de Mario.  El viejo que lo contemplaba, le puso una mano afectiva sobre el hombro y comenzó a hablarle de cosas “sin importancia” intentando reconfortarlo.

‹‹Yo trabajé en La Suerte. Y usted dirá: ¿Y eso qué es?  Pues yo se lo voy a decir: Toda mi vida he sido yegüero y su padre de usted, que desde niño adoraba a los caballos, decía que era una suerte poder trabajar con ellos. Y fíjese la ocurrencia del hombre, que le puso a la yegüeriza ese nombre; “La suerte”. Él, la verdad sea dicha, confiaba más en los animales que en las personas.  Lo malo es que hubo una yegua... que le amargó la vida››.

 

Pero Mario no lo estaba escuchando. Sin darse cuenta, volvió a sacar del sobre la fotografiá de su madre y musitó las palabras que su padre había escrito en el dorso:

‹‹Ésta es tu madre. Por desgracia nunca la conociste. Fue una buena mujer. Quiero que pienses mucho en ella, porque estoy seguro que desde el sitio donde esté, se estará alegrando de que hayas vuelto a casa››.

 

Luego, recordó la caminata hasta la hacienda bajo un sol implacable... El escueto sombrero de cuatro picos que Manuel le preparó... El revuelo de los pájaros al refugiarse bajo la sombra de la higuera... Sus primeros pasos en la casa donde había nacido.

Y sobre todo cuando, atendiendo las instrucciones de su padre, entró en una de las alcobas y comprobó que efectivamente un hermoso arco de herradura coronaba una de sus ventanas... Luego se acercó a ella... Deslizó la placa de mármol que revestía el alféizar... Y dejó al descubierto la cámara que custodiaba su legado.

 

  

 

   Este relato se terminó de escribir en Agosto de 2006

                          

 

Rafael González Ruiz


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