1er Certamen Literario APOLOYBACO


 

  

Accésit Poesía

Premio a la creación literaria sevillana

 

La aldaba

Juan Carlos Dana Jiménez

Utrera (Sevilla)


 

             

La temida aldaba

 

No es mía esta cultura tan sesgada  

ni es mi labor construir veredas grises  

que lleguen a un saber determinado.  

Mandar que caminemos a la zapa  

ocultos a la vista de la pléyade  

no ha de ser mi misión, aunque me obstine 

en ello. Si de alguna forma sientes  

que tengo que ser yo el que alambre cotos,  

el que cerque con versos mis creencias,  

clava estos hincos en un mar de nadie  

y señala en mi niebla itinerarios  

con humos negros de mi noche inmensa.  

Haz que no entiendan nada de lo escrito  

si con los ojos verdaderos miran  

-has de hacer cimbrear cimientos zafios  

que otras manos basaron- demostrando  

con mi acento qué lágrimas gobiernan  

estas palabras que mi voz abriga.  

 

Tiende entonces tu mano y haz sonar  

la aldaba de la estancia que me encierra.  

 

 

 

Pasaron las palabras

 

Pasaron las palabras y con ellas mi voz

y la mentira de vivir lo incierto.  

 

En el cedazo quedan falsos gritos,  

sonidos y silencios que entremezclo  

con los que sano mis heridas mudas.  

Me asombra tanta incertidumbre rota,  

tanta ruina esparcida por un tiempo  

usurpado por miedos inventados.  

Yo no elegí ser dueño de este acento  

que oculto en la verdad de lo que escribo  

y que me lleva por veredas grises  

a través de la niebla espesa y turbia  

de la estancia que habito y ya no siento.  

No quise modelar la voz antigua  

que subyace en el fondo de las cosas,  

pero alguien me brindó el tamiz tupido  

que me hace comprender el verdadero  

significado de la nada viva.  

 

Sigo cerniendo trágicas cenizas  

buscando la verdad que dé sentido  

a tan ardua tarea en que consiste  

la espera en esta noche de tristeza:  

saber por qué pasaron las palabras  

y con ellas mi voz y la mentira  

de vivir una vida que no tengo.

   

 

 

 

Espina

 

Que en soledad -me dices- es cuando el tiempo fluye  

y se esparce más lento; que crecen las cenizas  

borrando toda huella que guía al pie inseguro;  

que así es fácil vivir dejando derramar  

de tus manos la arena del tiempo que ha sobrado  

al desierto sembrado de trágicos momentos,  

de mágicos poemas; que en soledad navegan  

desamparadamente en su inútil balandra  

versos a la deriva llovidos por los llantos  

ocultos en tormentas de lágrimas futuras.  

 

Pero yo, en soledad, intento comprender  

lo sutil de un suspiro, la verdad de mi aliento  

(la esencia de mi llanto). Pretendo recoger  

el tiempo acristalado en mis manos tendidas  

que no poseen nada, tan sólo cicatrices  

de heridas que dejaron espinas de otro tiempo.  

La soledad me embarga con su olor a tristeza,  

el mismo aroma azul que emana de una rosa  

marchita y derramada en el inmenso mar  

de enhiestas amapolas; y me enseña quién soy.

 

 

 

 

Cuando

 

Cuando invente castillos con arenas  

que mis manos cansadas recogen de la inmensa  

y translúcida orilla de un poema.  

 

Cuando escindan los llantos  

profundos que navegan en balandras  

de papel sobre un mar embravecido  

por ondas semejantes a pensamientos claros.  

 

Cuando surjan del cielo pájaros presentidos,  

aves que vuelen ávidas de vanos vientos nuevos.  

 

Cuando la noche intensa  

marque profusas cruces cárdenas en mi estancia  

y señale el angosto camino que conduzca  

a la trágica y mágica tristeza.  

 

Cuando versos borrados  

caigan de entre mis dedos carentes de recuerdos.  

 

Cuando el inevitable pasar del tiempo aparte  

y aleje la memoria en que consisto.

 

 

 

 

Después de una lluvia

 

Más por rubor y miedo que por frío  

me cubro con mi manto de tormenta.  

 

Abrigo cada nota musical  

con la sombra que deja una hoja en calma  

sobre la arena -hundida de impotencia-  

que sustenta a las rosas de la espera.  

 

Oculto un llanto nuevo tras el velo  

que urden estas palabras.  

 

                                           Muevo el viento,  

lentamente, empujando con mi aliento,  

e intento que el compendio empiece; y suene;  

y me haga regresar la lluvia antigua  

que en papeles mis manos recogieron.

 

 

  

 

Pétalos escritos

 

I

Ya se ha abierto el rosal  de pétalos escritos.  

 

En un instante  

adquieren las palabras el aroma  

que emana de unos versos ya leídos.  

 

Una higuera, que avisa cada otoño  

que nada queda siempre,  

me derrama su sombra y me da abrigo.

 

II

Riego el rosal con lágrimas marinas  

llovidas de unas nubes de impotencia.  

 

Mientras, mis manos lloradas remueven  

el lento ayer que todo lo sustenta,  

abonando con sal y pensamientos,  

preparándolo así para la siembra.  

 

Siembro simientes de espinas y espero  

versos del viento que todo lo envera.

 

III

Volverán a llevarse las oscuras  

golondrinas aquellos versos muertos  

tan de espinas heridos.  

Aquellos brotes yermos que sostienen  

primaveras calladas de palabras,  

puntales soleados que alumbran mi camino  

entre densos eriales, donde mueren  

los momentos que acunan y sostienen  

la gloria de poemas ya vencidos.

 

IV

Pétalos y hojas caen en lacinias  

dibujadas con trozos de mi tiempo.  

 

Las detengo en el aire un leve instante  

izando tensos trazos de momentos.  

 

Aparecen sonrisas pretendidas  

que asombradas te muestran qué estás siendo.

 

 

 

 

Flash-back

“¡La soledad! La soledad es el cantar

 favorito del pueblo en mi Andalucía.”

Gustavo Adolfo Bécquer

 

Me siento en este cruce de caminos.  

Los fanales que traje de la mar  

tan sólo servirán para alumbrar  

y hacer sentir la noche alejada.  

 

La espera se me está haciendo tan inmensa,  

y tan oscuro y lleno está el cajón  

en el que, a trizas, lento me deshago,  

que traigo el sol inmerso en la lucerna  

para alumbrar y desnudar veredas  

y caminos de sobra ya andados,  

y pequeñas estrellas para el tiempo  

que gasta mi reloj de gris arena.  

 

Traigo en mis manos cálidas

dos puñados de nada  

y hojas de haber estado  

deshojando las densas primaveras  

vacías de palabras y claras impresiones.  

 

En la tarde por luces simulada  

cosecho mis jazmines;  

corto peciolos de flores cerradas  

que esperan el momento de la ofrenda;  

flores cuajadas de instantes intensos,  

impregnados de amargas madrugadas.  

 

Súbitamente se abren  

embargando la estancia -esta estancia-  

(esta tímida estancia)  

por el frescor del pedestal de mármol.  

 

Se asoman raudas al  aire inmaculado,  

y han logrado entonar por soleá  

una glosa en un verso acrisolado,  

templándole un compás muy lento.  

                                                          Y blanco.

 

 

 

 

Pantomima

 

Una tristeza inefable que sigue  

de cerca cada movimiento que hace  

envuelve, entre sus velos blancos, sombras  

que nacen de la densa incertidumbre  

(inmenso manantial donde navegan,  

entre otros tantos, llantos en palabras  

a la deriva).  

 

                         Pierde su mirada  

en sus manos sabiéndola imposible,  

e invade con la niebla de la pérdida  

la pretendida ruta elaborada  

por un viento creado. Por su música.  

 

Vierte vívidos versos hacia el cielo.  

 

Y vuelve a recoger su envejecida  

mirada entre sus manos olvidadas;  

perdidas, esta vez, en el espacio  

de tiempo donde lento fluye eterno  

el silencio,  

                    absolutamente roto  

cuando hablaron sus ojos una lágrima.

 

 

 

El peregrino

 

Tardíos regresaron,  

por mi clamor tan denso, esos momentos  

soñados, modelados por las manos  

que reciclan mis miedos.  

 

Me avisan del comienzo.  

 

Cabizbajo, mi triste viaje empiezo  

poniendo en mi equipaje las raídas  

sombras de angustia que abrigan silencios,  

además de las noches no gastadas del sueño.  

 

Invertiré el futuro en un velamen  

que abrace bien al viento;  

soltaré las amarras del navío  

que navegue por mares de deseos   

y nieblas rumbo algún lugar quimérico,  

borrado;  

                arribaré lento, muy lento,  

a esa isla que tengo señalada  

en mis cartas de invierno.  

 

                                              Aún recuerdo  

la última vez que encendí con mis manos  

mis miedos, y prendí con versos fuegos  

que sirvieran de faros a poetas sin reino.  

 

Entre mis manos tengo el mapa agónico  

que señala el lugar, en un océano  

inventado, al que irán los peregrinos;  

todos los que, al igual que yo, partieron.

                       

 

 

Juan Carlos Dana Jiménez


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