Poetas de Sevilla


 

 

 

 

POETAS SEVILLANOS DEL BARROCO

Rodrigo Caro

 

 

 

 

Rodrigo Caro

Nació en Utrera (Sevilla) en el año 1573. Fue poeta, escritor, sacerdote y abogado español. Su principal afición fueron los estudios históricos y de arqueología. Tenía una gran biblioteca de clásicos y hasta un pequeño museo. Escribió tanto en latín como en castellano.

 

Sus principales obras en prosa incluyen: Claros varones en letras, naturales de la ciudad de Sevilla; Tratado de la antigüedad del apellido Caro; Veterum Hispania Doerum Canes sive Reliquia; Relación de las inscripciones y antigüedad de la Villa de Utrera; Antigüedades y principado de la Ilustrísima ciudad de Sevilla y corografía de su convento jurídico o antigua Chancillería, etc.

 

 

 

 

En el campo de la poesía escribió obras sobre la historia y riquezas de las Villas de Carmona, Utrera y la ciudad de Sevilla, sonetos y poemas laudatorios a San Ignacio; utilizó motivos propios de la canción de amor erótico para manifestar su entrega a Cristo, y escribió romances burlescos sobre la aventura que le aconteció en 1627 en la torre de la Membrilla en Guadaira. También escribió poemas mitológicos divertidos como Cupido pendulus, epístolas en verso, poemas a Vírgenes de Utrera, etc. Pero, sin duda alguna, su poema más famoso e importantes fue la Canción a las ruinas Itálicas. Como todos los poetas de la escuela sevillana, el tema de las ruinas arqueológicas le fascinaba y lo trataba a la perfección en su acondicionamiento a la versificación. Podríamos decir que, en este poema, Caro encontró la forma perfecta de expresar sus pensamientos sobre el impacto que le produjeron las ruinas de este emblemático lugar del pasado. El poema está lleno de motivos ilustres y hallazgos expresivos que justifican su fama: la presencia del interlocutor Fabio, que da altura moral al texto; el ubi sunt con sus interrogaciones retóricas; el eco del nombre Itálica, hábil recuerdo de Virgilio y Garcilaso; la gravedad del tono y la cuidada estructura de muchos versos hacen de esta poesía una de las mejores de su época.

 

 

 

Canción a las ruinas de Itálica

 

Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora

campos de soledad, mustio collado,

fueron un tiempo Itálica famosa.

Aquí de Cipión la vencedora

colonia fue; por tierra derribado

yace el temido honor de la espantosa

muralla, y lastimosa

reliquia es solamente

de su invencible gente.

Sólo quedan memorias funerales

donde erraron ya sombras de alto ejemplo

este llano fue plaza, allí fue templo;

de todo apenas quedan las señales.

Del gimnasio y las termas regaladas

leves vuelas cenizas desdichadas;

las torres que desprecio al aire fueron

a su gran pesadumbre se rindieron.

Este despedazado anfiteatro,

impío honor de los dioses, cuya afrenta

publica el amarillo jaramago,

ya reducido a trágico teatro,

¡oh fábula del tiempo, representa

cuánta fue su grandeza y es su estrago!

   ¿Cómo en el cerco vago

de su desierta arena

el gran pueblo no suena?

¿Dónde, pues fieras hay, está, el desnudo

luchador? ¿Dónde está el atleta fuerte?

Todo desapareció, cambió la suerte

voces alegres en silencio mudo;

mas aun el tiempo da en estos despojos

espectáculos fieros a los ojos,

y miran tan confusos lo presente,

que voces de dolor el alma siente,

   Aquí nació aquel rayo de la guerra,

gran padre de la patria, honor de España,

pío, felice, triunfador Trajano,

ante quien muda se postró la tierra

que ve del sol la cuna y la que baña

el mar, también vencido, gaditano.

Aquí de Elio Adriano,

de Teodosio divino,

de Silo peregrino,

rodaron de marfil y oro las cunas;

aquí, ya de laurel, ya de jazmines,

coronados los vieron los jardines,

que ahora son zarzales y lagunas.

La casa para el César fabricada

¡ay!, yace de lagartos vil morada;

casas, jardines, césares murieron,

y aun las piedras que de ellos se escribieron.

 

   Fabio, si tú no lloras, pon atenta

la vista en luengas calles destruidas;

mira mármoles y arcos destrozados,

mira estatuas soberbias que violenta

Némesis derribó, yacer tendidas,

y ya en alto silencio sepultados

sus dueños celebrados.

Así a Troya figuro,

así a su antiguo muro,

y a ti, Roma, a quien queda el nombre apenas,

¡oh patria de los dioses y los reyes!

Y a ti, a quien no valieron justas leyes,

fábrica de Minerva, sabia Atenas,

emulación ayer de las edades,

hoy cenizas, hoy vastas soledades,

que no os respetó el hado, no la muerte,

¡ay!, ni por sabia a ti, ni a ti por fuerte.

   Mas ¿para qué la mente se derrama

en buscar al dolor nuevo argumento?

Basta ejemplo menor, basta el presente,

que aún se ve el humo aquí, se ve la llama,

aun se oyen llantos hoy, hoy ronco acento;

tal genio o religión fuerza la mente

de la vecina gente,

que refiere admirada

que en la noche callada

una voz triste se oye que llorando,

«Cayó Itálica», dice, y lastimosa,

eco reclama «Itálica» en la hojosa

selva que se le opone, resonando

«Itálica», y el claro nombre oído

de Itálica, renuevan el gemido

mil sombras nobles de su gran ruina:

¡tanto aún la plebe a sentimiento inclina!

   Esta corta piedad que, agradecido

huésped, a tus sagrados manes debo,

les do y consagro, Itálica famosa.

Tú, si llorosa don han admitido

las ingratas cenizas, de que llevo

dulce noticia asaz, si lastimosa,

permíteme, piadosa

usura a tierno llanto,

que vea el cuerpo santo

de Geroncio, tu mártir y prelado.

Muestra de su sepulcro algunas señas,

y cavaré con lágrimas las peñas

que ocultan su sarcófago sagrado;

pero mal pido el único consuelo

de todo el bien que airado quitó el cielo

¡Goza en las tuyas sus reliquias bellas

para envidia del mundo y sus estrellas!

 


Revisado:

 1 de septiembre 

de 2002

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