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Ciertamente uno de
los accidentes geográficos que influyen en estas tierras aragonesas es el
paso del río Ebro, el padre de toda la península a la que dio nombre.
Por su cauce, dice la leyenda, que Túbal nieto de Noé fue su primer
navegante que, desde el Mediterráneo oriental, llego hasta las bocas del
Ebro y remontándolo, fundó diversas ciudades y poblados a lo largo
de sus riberas. Sea como fuere, lo cierto
es que la primera noticia documentada y tenida como segura de la
navegación por el Ebro es, madrugadora. Se sitúa a
mediados del siglo V antes de Cristo, fecha en la que los griegos de
Massalia (Marsella) redactaron un periplo o rotero que les sirviera de
guía para adentrarse por la costa mediterránea peninsular. Parece
pues, evidente que las aguas del viejo Iber sirvieron como cauce de
penetración de la viticultura en esta singular región que es Aragón. De
aquella tradición vinatera nacen sus actuales bodegas y sus sugestivos y
placenteros vinos, reconfortantes como este cuadro de Nicoletta Tomas.
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