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A principios de la década de los cuarenta el jazz se estaba
acomodando en un obsoleto circulo de música comercial
propiciado por varios cientos de orquestas de baile, en las
que el jazz brillaba por su ausencia. La era del swing, ese
estilo de jazz inventado veinte años atrás, había sido
exprimido hasta el limite de sus posibilidades y los grandes
solistas de entonces sólo hacían repetir, eso sí con gran maestría,
las mismas formulas musicales una y otra noche. Y eso a pesar
del esfuerzo de músicos de swing empeñados en buscar algo
más. Buscaban otro sonido y no lo encontraron.
En Harlem (New York) corría el año 1940, y había un club en la calle 118
que se
llamaba "Minton's Playhouse". Lo regentaba un hombre
llamado, Teddy Hill que tuvo la feliz idea de abrir ese local
todas las noches a horas en que los demás clubes de New York
cerraban sus puertas y consiguió reunir noche tras noche a
los músicos de jazz de la ciudad que se enfrascaban,
liberados del corsé de las actuaciones en sus respectivas
bandas, en interminables y memorables "jam
sessions". Allí germinó un sonido nuevo, un repertorio
de temas disonantes con melodías llenas de saltos bruscos y
que expresaban un concepto distinto de la estética melódica
al uso. Nació el bebop
Así pues, estos buscadores del nuevo sonido bautizado como
"bebop" o "bop" entre los que se
encontraban Charlie Parker, Dizzy Gillespie,
Thelonious Monk,
Charlie Christian, Bud Powell o Kenny Clarke entre otros
consiguieron realizar una revolución melódica, armónica y rítmica
y lo más importante, que no estuviera exento de swing. Alguien,
alguna vez pregunto a Charlie Parker, que significaba la
palabra "bebop". Charlie, tan sarcástico como
siempre, contestó que se les había ocurrido porque aquella
palabra sonaba igual que la porra de un policía en el cráneo
de un negro. Cierto o no, lo seguro es que el sonido inventado
por el tandem Parker-Gillespie puso las base de todo el jazz
moderno. |