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Francisco de Medrano

Nació en Sevilla hacia el año 1570. Perteneció a la orden de los jesuitas, hasta que en el año 1602 decidió abandonarla y retirarse a disfrutar de una vida sosegada, donde la poesía fue su principal actividad. Se sabe que estudió en Córdoba y Salamanca cuando aún pertenecía a la compañía.  

Era un poeta que cultivaba una poesía clásica, de características muy similares a la de los poetas salmantinos del siglo XVI, basando su obra prácticamente en las traducciones de obras clásica, y realización de poesía a imitación de autores del mismo corte, principalmente Horacio. Así el crítico Adolfo de Castro lo refleja, dictanimando que Medrano es, sin duda alguna, el mejor de los imitadores españoles de Horacio. 

Su escritura era correcta, huyendo del estilo gongorista que se impulsaba en la literatura española de aquella época. Escribió cincuenta y dos sonetos, dotados de una especial sensualidad, además de diversas odas y romances. Entre sus poemas más conocidos se encuentra la oda de La profecía del Tajo -que aquí les muestro- muy similar a la que escribió Fray Luis de León con el mismo título.  

La muerte pronto vino a visitarle; murió en el año 1607.

 

 


 

Profecía deel Tajo en la pérdida de España

Rendido el postrer godo a la primera
y última hermosura que en el suelo
vio el sol, del Tajo estaba en la ribera,
moviendo embidia al cielo,
de su adorada fiera.
La real corona y cetro el ciego amante
derribaba (¿y qué no?) a los pies de aquélla.

Huéllalo todo altiva, y con semblante
fiero otra vez lo huella;
y él, ay, pasó adelante:
¡oh maldulce deleytel Puso luego
calma enojosa en su corriente el río
para advertir, aunque ofendido, al ciego
rey, en su desvarlo,
deel hyerro assí y deel fuego

que le amenaza: «En punto desdichado
ofendiste a esa 'ermosa, oh godo injusto,
que vengará con tanto y tal soldado
África, de tu gusto
y de tu real estado
despojándote. ¡Ay, ay, quánta fatiga!;
¡quánto afán al caballo y al valiente
infante amaga! ¡a lança y a loriga!
Mueves contra tu gente
¡quánta diestra enemiga!

Ya suena el atambor; ya las vanderas
se despliegan al viento; ya, obedientes
al açicate, corren en hileras
los ginetes ardientes
y las yeguas ligeras.

No escusas, no, la lança y el trançado
arnés, en sólo el ámbar y el curioso
peyne (¡oh varón!, ¡oh rey!) exercitado:
¿no vees quán espantoso
vaja el campo, y formado?

Mira cómo Tarife, travesando
osado por las huestes y valiente,
tu enseña abate, y Muza destroçando
(asombro de tu gente)
los campos va talando.

Conoçerás allí al nunca vencido
Almançor, que en tu mengua se engrandeçe.
Mas al conde, ay, ¿no vees quán sin sentido
y hierbe y se enfureçe,
buscándote ofendido?

No assí medroso gamo, no assí presto,
será que deel hambriento lobo huya,
qual flaco tú deel émulo molesto:
haviendo a aquesta tuya
prometido no aquesto.

Trayrá -presago yo- al godo su día,
tras no muchos diziembres, la africana
armada que ya el Çielo ayrado guía:
cayrá tu soberana
y antigua monarquía.

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