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Gustavo Adolfo Bécquer

Hablar de Bécquer no es hablar de grandes aventuras, ni grandes viajes, ni grandes acciones heroicas y rebeldes de un romántico, sino todo lo contrario. Gustavo Adolfo fue un hombre cuya vida se vio siempre invadida por la enfermedad, la pobreza, la herida amorosa y el desengaño profesional y artístico. Nació en Sevilla el día 17 de febrero de 1836, en la calle Ancha de San Lorenzo -actualmente Conde de Barajas- en la casa número 9, que ya no existe. Su familia había llegado de Flandes a la capital andaluza en el siglo XVII. Su padre era pintor costumbrista y de su madre nacieron ocho hijos, lo que, a pesar de ser una familia numerosa, no implicó que sufrieran necesidades sino todo lo contrario, vivieron holgadamente. El hecho de que sus padres murieran cuando aún Bécquer no había cumplido los doce años, hace pensar que no tuvo una infancia del todo dichosa. Durante año y medio estudió en el Colegio de San Telmo y cuando éste fue suprimido en 1847 -el mismo año en el que murió su madre- lo recogió su madrina Manuela Monahay; dama de una gran cultura que permitió que Bécquer, en pocos meses, devorara la gran biblioteca que tenía en su casa. A los doce años escribe su primer poema, ¡Oda a la muerte de Alberto Lista!. Aquí comienza su sueño de poeta, aunque en su adolescencia tuvo devaneos con otras artes como la pintura -su padre era pintor, y su hermano- y llegó a estudiar en el taller de su tío Joaquín, aunque finalmente se decantó por el mundo literario.

 

 

Casa de nacimiento

 

Sus años de juventud fueron paseos por el Guadalquivir..., río adentro en barca, río afuera por sus márgenes y orillas, leyendo a los clásicos sevillanos -Rioja, Herrera, Alberto Lista,...-; lecturas que llenaron aun más sus sueños e ilusiones y que provocaron que en 1854, con un puñado de versos y dieciocho años, viajara a Madrid con la aspiración de triunfar en el mundo de las letras. Su llegada a la capital coincidió con la coronación del poeta Manuel José Quintana como "príncipe de la Poesía". Bécquer colaboró en la Corona Poética que se publicó en su honor.

Pero pronto cayó en la pobreza y la enfermedad, aunque no en el desánimo. Siguió escribiendo, dedicó muchas horas al proyecto Historia de los templos de España; proyecto inspirado en El genio del cristianismo, de Chateaubriand. Las horas de escritura las compartió con otra de sus grandes pasiones: la música. Como no tenía dinero para escucharla, acudía a diario a casa de su amigo pianista Lorenzo Zamora, quien mitigó con sus sonidos los duros años 1855 y 1856, donde sufría el hambre y la enfermedad, que a pasos agigantados empezaba a hacer mella en su salud. La tuberculosis se apoderó de él y ya no lo abandonaría hasta la muerte. En 1857 estuvo realmente enfermo, y su amigos Nombela y García Luna y su hermano Valeriano cuidaron de él hasta que se recuperara.

Una tarde de paseo recuperador, paseando por el Retiro, por la calle de la Flor Alta vio a una hermosa y bella muchacha asomada a un balcón, por la que se sintió inmediatamente atraído. Se trataba de Julia Espín, hija del músico Joaquín Espín y Guillén, profesor del Conservatorio y director de la Orquesta Real. A través de un amigo consiguió entrar en las veladas musicales de la familia. Allí, poco a poco, entabló conversación con Julia y se enamoró perdidamente de ella; amor que no olvidó nunca, y que no fue del todo correspondido. Es seguro que los avatares de esta relación nacieran muchas de las Rimas, tesoros de nuestra literatura. Gustavo y Julia rompieron definitivamente a finales de 1860 o a comienzos de 1861.

 

 

Julia Espín

 

Con el fin de buscar el olvido viajó a Veruela, donde casó -por el mismo motivo- con Casta Esteban. Gran equivocación del poeta casarse sin amor. De esta relación nacieron dos hijos y la desdicha; Casta nunca llegó a comprender al poeta. A pesar de estos malos momentos, fueron años de gran producción literaria, escribiendo la mayoría de las Leyendas, crónicas periodísticas, o las Cartas literarias a una mujer. En 1864 pasa una larga temporada con su hermano Valeriano en el monasterio de Veruela, desde donde escriba las Cartas desde mi celda.

En el año 1865 parece sonreírle la suerte a Bécquer. Un ministro, González Bravo, conocedor de la calidad del poeta, lo llama para ofrecerle un puesto bien pagado y de prestigio: censor de novelas. Esto lo animó y volvió a sus Rimas y Leyendas, publicando algunas en el Museo Universal. Pero, una vez más, la suerte se le volvió de cara y tras la revolución de 1868, y la destitución de González Bravo como ministro, hizo que Bécquer perdiera el puesto de censor de novelas y volviera a su vida anterior. Ese mismo año rompe con Casta al enterarse de su relación con un notario de Noviercas. Se lleva a sus hijos y se instala en Toledo junto a su hermano Valeriano, donde termina el manuscrito de las Rimas en un cuaderno que titula El libro de los gorriones, descubierto en 1914 por el hispanista alemán Franz Scheneider en la Biblioteca Nacional de Madrid, donde aún se conserva.

 

 

Libro de los gorriones

 

Así transcurre el tiempo hasta finales del año 1869, donde el político Eduardo Gasset y Artime, admirador del poeta, lo llama para la fundación de la prestigiosa revista La Ilustración de Madrid, cuyo primer número sale a la luz en 1870, siendo Bécquer el director y su hermano Valeriano dibujante. Pero la adversidad vuelve a presentarse con la muerte repentina de Valeriano. Bécquer se encuentra desolado, y esa desolación le lleva incluso a perdonar a Casta y permitirle que vuelva a su lado.

Una tarde se presentó en casa de su amigo Narciso Campillo y le dijo: "Estoy haciendo la maleta para el gran viaje. Dentro de poco me muero...". Y en un pañuelo liados le dejó sus versos y sus trabajos en prosa. El 22 de diciembre de 1870, a las diez de la mañana, muere Gustavo Adolfo Bécquer, rodeado por su mujer y sus hijos. Se apagaba una de las voces líricas más importantes de nuestra literatura, "el ángel de la verdadera poesía", como lo llamó Antonio Machado.

 

 


 

RIMA IV

No digáis que agotado su tesoro,
de asuntos falta, enmudeció la lira.
Podrá no haber poetas; pero siempre
habrá poesía.

Mientras las ondas de la luz al beso
palpiten encendidas:
mientras el sol las desgarradas nubes
de fuego y oro vista;

mientras el aire en su regazo lleve
perfumes y armonías;
mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!.

Mientras la ciencia a descubrir no alcance
las fuentes de la vida,
y en el mar o en el cielo haya un abismo
que al cálculo resista;

mientras la humanidad, siempre avanzando,
no sepa a dó camina;
mientras haya un misterio para el hombre
¡habrá poesía!.

Mientras se sienta que se ríe el alma,
sin que los labios rían;
mientras se llore sin que el llanto acuda
a nublar la pupila;

mientras el corazón y la cabeza
batallando prosigan;
mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡habrá poesía!.

Mientras haya unos ojos que reflejen
los ojos que los miran;
mientras responda el labio suspirando
al labio que suspira;
mientras exista una mujer hermosa,
¡habrá poesía!.

Gustavo Adolfo Bécquer

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